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De la sensibilidad y el tamaño

No dejamos de asistir a linchamientos mediáticos. Basta darse un paseo por las redes sociales para comprobar que el mero hecho de compartir un detalle en una de ellas, por mínimo que sea, puede convertirse en fácil excusa para que la gran masa ciber realice un ejercicio práctico de linchamiento inmisericorde. Y hace pocos días hemos conocido cómo uno de ellos ha terminado en suicidio. No es el primero.

Parece claro que cualquier persona cabal aberra de estos hechos pero, por mucho que los cabales supongan mayoría, el efecto amplificador de las redes hace que lo malo pese siempre más que lo bueno. ¿Y por qué? Porque los “buenos” no hacemos nada.

Las últimas tendencias para afrontar los casos de acoso escolar en los colegios, basadas en el método KIVA implantado en los coles finlandeses, cambia el foco de actuación de las estrategias para combatirlo y lo fija en los espectadores, en esos niños que no acosan ni sufren el acoso pero son espectadores silenciosos. En movilizar a estos espectadores y convertir ese silencio en un posicionamiento claro de apoyo a las víctimas se basa el espíritu del exitoso método. Son niños, muy vulnerables pero también aún plásticos y permeables a nuevas actitudes, y el acoso que se combate ocurre en colegios, lugares reales en los que las interacciones se realizan dando la cara, pero la filosofía del sistema parece aplicable a cualquier tipo de acoso.

¿Qué pasa en las redes sociales? La mayoría de los usuarios son adultos y la nube es un fácil no-lugar en el que se puede tirar la piedra y esconder la mano, pero también hay víctimas, acosadores… y millones de testigos silenciosos. Quizá la solución del problema sea imposible si no pasa por la movilización y el claro posicionamiento de los espectadores, de esas decenas de millones de usuarios de las redes.

Estudio aparte merece el sentimiento de íntima ofensa personal que obliga a manifestar su reprobación ante conductas y opiniones y su fácil nacimiento en algunas personas. Quizá el que vivamos esa no-vida de redes sociales en artefactos de nuestra propiedad puede convencernos erróneamente de que todo lo que pasa en ellas nos pasa a nosotros, que cada tuit o publicación en cualquier plataforma nos está dedicado expresamente y por eso ha de provocarnos alguna reacción, entre ellas la de ofendernos si lo publicado no está de acuerdo con nuestras actitudes y pensamientos ¿Por qué si no tanta respuesta iracunda a cuestiones que ni nos van ni nos vienen?

Pero no solo ocurre en las redes. El sentir que una mujer bañándose en burkini o en topless en una playa me ofende a mí que me baño a pocos metros de allí es algo parecido, que un beso o un gesto de cariño entre dos personas adultas ante mí me reta a manifestar mi opinión sobre la “licitud” de su relación, que unas rastas, un pelo engominado, una voz aflautada, una nariz grande, un cuerpo menudo, un color de piel, un acento… que cualquier detalle personal de la gente que me rodea me está dedicado para que yo manifieste mi sentimiento ante ello… ¿no es lo mismo? ¿de dónde nace esa necesidad de sentirnos ofendidos? ¿de dónde el sentir que cualquier entendido defecto o error de los demás ha de ser rápidamente señalado y censurado? En las redes es mucho más sencillo al asumirse menos riesgos que en la realidad, por ello es más visible, pero en la vida real también ocurre.

Tal vez la razón no sea más que haber equivocado el enfoque al entender el mundo digital, que esa apertura al mundo que nos permiten las redes sociales y la ingente información a nuestro alcance con solo un par de clicks, en vez de hacernos sentir una mera gota en un ingente océano, nos ha convencido de lo contrario, nos ha hecho creer que somos el centro de un mundo mucho más grande, y deducir que ,si el mundo ha crecido, nosotros, cada uno de nosotros, como centro, hemos pasado a ser lo más importante del universo y que esa posición de reinado absoluto nos da derecho a impartir “justicia” a diestro y siniestro.

En ocasiones nos parece vivir en un mundo insensible ante los demás, pero no es cierto. Estamos rodeados de gente sensible, muy, muy sensible, a la diferencia, al detalle, a la debilidad, muy, muy sensibles, pero no para comprenderlo, como sería de desear, sino para señalarlo, advertirlo, censurarlo y machacarlo.

Como ombligos del mundo no podemos permitir ningún defectillo en él, no sea que nos veamos obligados a mirarnos a nosotros mismos y encontremos algún otro. Eso nos haría caer de nuestro trono y asumirnos como una infinitésima parte de un universo imperfecto. Menudo chasco.

Imagen destacada: Galaxia de Andrómeda (M31): “The heat is On in Andromeda’s Center”. Smithsonian Institute, via flickr.

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Machista

Leo de pasada un titular: “Hay músicas mucho más machistas que el reggaeton y nadie dice nada” y me chirría ese emparejamiento gramatical ¿música machista? ¿es eso posible? Del texto de la noticia termina deduciéndose que lo machista, como era de esperar, eran las letras de determinadas canciones, pero supongo es más llamativo adjetivar a lo grande por llamar la atención de algún potencial lector.

El adjetivo aplicado a la música en el titular cada día es de mayor uso y, alegrándome de lo que eso significa en cuanto a identificación de conductas antes consideradas normales, no puede dejar de preocuparme la inconveniencia de su uso excesivo.

Veo en redes la imagen en pantalla de un “meme” sobre la presidenta regional que afanosamente se dedicaba a elaborar un diputado socialista durante el debate sobre el estado de la región en Madrid y la reacción posterior de la presidenta que exige disculpas por considerarlo “ofensivo y machista” y no termino de pillarlo. El montaje se basa en el cartel de la película Harry el Sucio en el que se sustituye la imagen de Clint Eastwood por la de Cristina Cifuentes con el edificio de la Puerta del Sol de fondo. ¿Eso es machista?  ¿por qué? ¿intentar desprestigiar a un presidente regional por algo que ha hecho en el ejercicio de sus funciones es machista? ¿lo es simplemente porque ella es mujer?

El pasado miércoles se presenta una iniciativa dentro de Podemos Madrid con intención de postularse como alternativa a las primarias que se celebrarán en noviembre. La propuesta, con el nombre de Adelante Podemos, es encabezada por varios dirigentes con actuales responsabilidades políticas y/o de gestión y se explica impulsada por Rita Maestre, actual portavoz del Ayuntamiento de Madrid. Las declaraciones durante la presentación hablan de la necesidad de “feminizar” la formación política y, molestas porque en alguna de las noticias en prensa sobre la presentación se hiciera notar la condición de ex-parejas de los actuales primeros dirigentes de Podemos de Rita Maestre (impulsora) y Tania Sánchez (integrante) de la iniciativa, al día siguiente se lanzan a publicar las dos un comunicado conjunto en el que defienden no ser ex-novias sino mujeres con decisión propia (la mayoría de las mujeres adultas, incluida yo misma, podemos acreditar que no son conceptos excluyentes) y terminan pidiendo un “Podemos para todas”. A la supuesta condición de machista de una noticia que informa de la intensa relación personal pasada de dos dirigentes políticos con otros dos a los que se van a enfrentar (detalle que, independientemente del sexo de los emparejados, no deja de parecer un posible condicionante) se contesta con la utilización del sexo como argumento político ¿feminizar un partido? ¿convertirlo en un partido para todas?  Hay un nicho grande de voto femenino en Podemos (como en cualquier otra organización) pero captarlo por su mera condición sexual ¿no es una trampa?

Seguimos viviendo en un mundo machista pero para mí que actuaciones de nuestras políticas como las anteriores no ayudan a combatirlo, sino más bien al contrario. La política ahora es un mundo sucio, y en él han entrado voluntariamente. Todos van a saco al desprestigio del otro. Que la defensa de las mujeres sea a  mí no, que es machista, perpetúa el rol de frágil mujer a la que hay que tratar con cuidadito. ¿Que el meme es ofensivo? Pues defiéndete explicando la razón de la actuación que lo provocó y reclama si quieres un juego político más limpio, pregonando con el ejemplo. ¿Que hay periodistas que informan de detalles de tu vida privada pertinentes al caso? Contesta con argumentos políticos solventes que soporten tu candidatura y elimina de tu discurso los basados en esa feminidad que tú dices no querer que se tenga en cuenta.

Puesta a elegir, como método de lucha de base contra las actitudes machistas, yo me inclino hacia el utilizado por un puñado de taxistas madrileños también en esta semana pasada. Ante la negativa de un cliente a montar en el primer vehículo de la fila por pensar que el estar conducido por una mujer le iba a impedir llegar a tiempo a su cita, el resto de los compañeros de la fila decidieron no admitirle ellos tampoco en sus coches obligándole a irse andando con sus maletas a cuestas. Sin explicaciones ni reivindicaciones, un paseíto bajo el sol cargando con su equipaje. No me parece mal escarmiento.

Foto destacada: editada sobre foto original de Galiza contrainfo, vía flick

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Discutir lo normal

Estamos asistiendo en estos días a la práctica disección de las relaciones entre los miembros de una familia. Con la hija mayor desaparecida, los padres en sus declaraciones han pasado de manifestar que en su familia se discutía lo normal en una familia con hijos adolescentes a poner en palabras su reacción ante la orden judicial de retirada de custodia de la madre sobre la hija menor. Un hecho que ya de ningún modo podría calificarse como normal.

Discutir lo normal ¿eso qué es?

Cierto es que la convivencia en cualquier grupo humano conlleva una continua adaptación entre miembros con actitudes y opiniones diferentes que producen roces que hay que ir puliendo. Y se discute, sí, intercambiando puntos de vista con el fin de alcanzar un objetivo común que puede ser tan simple como la convivencia en paz. Se discute para alcanzar la paz, el acuerdo, un objetivo común. Y cuanto más vehementes sean los miembros del grupo, por carácter o edad, por mucho que estén de acuerdo en su objetivo final común, más se discute. Lo normal. Un grupo solo puede definirse como tal si todos los miembros comparten un objetivo, aunque este no se verbalice, pero es imprescindible su existencia. Las discusiones, las normales, van encaminadas a ese objetivo final y construyen grupo.

Luego hay otras discusiones, las que derivan en enconadas disputas o en meros enfrentamientos gratuitos, que no van a ningún sitio y solo deterioran la relación. Estas también salpican de vez en cuando nuestras relaciones y podemos aprender a vivir con ellas, pero eso no puede hacer que las consideremos normales, porque no lo son. En ocasiones, cuando se repiten, no son más que síntomas de que el grupo, como tal, se está rompiendo y continuar en él puede ser perjudicial para sus miembros (más si son menores).

Es perturbador formar parte de un grupo que está dejando de serlo, cuando las discusiones son siempre disputas pero, siendo menos llamativo, es igual de inquietante cuando las discusiones son sustituidas por silencio. La ausencia total de discusiones es la señal de que el objetivo común que se perseguía y hacía a cada miembro pelear por él a su manera, ha dejado de mover los hilos del grupo y ya nadie aspira a alcanzarlo. El silencio, ese momento en el que ya no se discute lo normal, es el fin.

Es difícil dar el salto y abandonar un grupo aunque todos los miembros sepan que ya no existe. Somos seres sociales y, para sentirnos acompañados, es fácil elegir mantener la ficción de la pertenencia a un grupo con tal de no asumir nuestra soledad. Y el grupo parece no romperse, pero ya está roto.

Al inicio de este verano elegimos a unos cuantos cientos de personas para el mandato de conseguirnos un gobierno estable. Todos ellos se constituyen en varios grupos, políticos, y en su conjunto se sientan en unas instituciones que, con el nombre de Congreso de los Diputados y Senado, les permiten sentarse juntos a discutir sus cositas con la idea final de gobernarnos. Desde diciembre a junio hubo un goteo de noticias sobre los posibles pactos, declaraciones de políticos, descalificaciones de uno a otro, o de uno a varios, propuestas insensatas, propuestas sensatas pero imposibles… de todo. Pero llegó el verano y cayó el silencio.

Lo que podía preverse como un intenso verano de deliberaciones entre los distintos partidos ha quedado en nada, un acuerdo de investidura entre dos únicos partidos que no ha costado más de ocho o diez días de conversaciones y un debate de investidura final con modos de representación teatral. Y, entre tanto, silencio.

Cuando el silencio invade un matrimonio, una familia, una panda de amigos, un equipo de trabajo… la deriva lógica es su ruptura, la separación de sus miembros.

Pero el silencio que invade las relaciones entre nuestros políticos ¿a dónde nos lleva?

El tiempo pasa y cualquier opción de futuro parece factible pero, más allá de la absurda idea de tener que votar el día de Navidad, lo verdaderamente preocupante es el silencio. Imposible alcanzar ese objetivo, que debería ser común, de la gobernabilidad de nuestro país si no se ponen todos a discutir cuanto antes. Sin contiendas pero sin silencios. Solo discutir, lo normal.

 

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Pasar página

Los avances tecnológicos en las telecomunicaciones en los últimos años han dado un vuelco a la forma en la que recibimos la información del mundo que nos interesa.

Recuerdo mis primeras lecturas de periódicos. Mi padre lo traía al volver del trabajo y, salvo que lo pillara mientras él comía, había de esperar para leerlo a que él le dedicara su tiempo en la sobremesa. Él hacía una lectura completa, sosegada. Yo normalmente también. El reparto de las imágenes que salpicaban el periódico seguro estaba bien calculado: una impactante en portada, otro par de ellas para los reportajes largos, algún primer plano para las biografías, obituarios y entrevistas… pero eran bastantes las páginas de lectura sin fotos. Yo aún recuerdo alguna de esas imágenes, eran esos años en los que las fotos de “restos humanos entre amasijos de hierros” no eran infrecuentes. Impactaban las imágenes, y, mientras leías el pie de foto y los textos que la acompañaban, seguías viéndola. Al leer el editorial aún tenías fresca en tus ojos la foto de la portada. En las páginas interiores otro tanto de lo mismo, leías a página completa, veías la foto mientras leías el artículo, reportaje o columna. Y luego pasabas la página, pero la página existía, ahí se quedaba y, hasta el día siguiente que la imagen fuera destronada por otra nueva del día, sobre la mesa del comedor o en la repisa bajo el televisor, ahí estaba la imagen, ahí los amasijos y los restos humanos. Ahí quedaba.

Ahora apenas leo prensa escrita en papel, pero sí varios periódicos digitales o al menos sus titulares a través de twitter, para luego seleccionar las informaciones que leo enteras. Ahora no hay textos sin imagen y hasta los tuits suelen llevarla (o, si no, el enlace directo a la información que siempre la lleva).

Hace unos días varios tuits, artículos y noticias en prensa digital enlazaban a, o adjuntaban directamente, un vídeo, o una foto obtenida de ese vídeo, en el que los ojos de un niño sucio, ensangrentado y asustado, miraban desde una ambulancia a todo nuestro mundo digital. En los últimos segundos del vídeo a esos ojos se le añadían otros, los de su hermana, también sucia y asustada, algo más mayor y, de la lectura de las informaciones de días posteriores, se llegaba a saber que otros ojos, que no salían en ese vídeo, se cerraron para siempre muy antes de tiempo, los de otro de los hermanos que, con menor fortuna que los que protagonizaron el vídeo de la ambulancia, no llegó a sobrevivir al ataque. De esa imagen de la ambulancia, los que leemos en digital vimos un titular y unos ojos rotos por dentro, y leímos el titular y, quizá, abrimos el titular y leímos la noticia, y se nos quedó grabada… un rato, porque en los segundos siguientes, simplemente pasando el dedo por una pantalla o moviendo la rueda de un ratón, hicimos desaparecer la imagen y pasamos a la siguiente. Y la imagen impactante del día se sumergió en un mar de imágenes. No quedó, otras la sustituyeron enseguida.

Nuestros hijos van a informarse como nosotros lo hacemos ahora, pasando páginas con la yema del dedo. Datos del mundo entero a su disposición, imágenes de lo que ocurre en cada rincón de cada uno de los continentes a su alcance en tiempo real, amasijos de hierro con restos humanos de todas las razas, ojos rotos por dentro de cualquier edad y país de procedencia, fotos, fotos y más fotos. Todo lo van a ver. Pero sobre todo ello van a pasar por encima en unos segundos, simplemente deslizando su dedo, pasando a otra imagen. Todo existe, pero nada queda. En la misma secuencia de imágenes pasan los delincuentes más buscados, los mejores goles de la jornada, los hospitales bombardeados, los mejores looks de la temporada que se avecina, las actrices de moda… los niños en ambulancias.

Deslizar el dedo sobre la imagen del niño de la ambulancia se me antojó una ofensa. Pero lo hice, sin poder evitar sentir que, al hacerlo, le estaba fallando. A un pobre crío desconocido que se encuentra a miles de kilómetros de mí.

Deslicé el dedo y sí, le fallé, Como todos los adultos del mundo estamos fallando a esos niños a los que, en unos años, entregaremos un mundo en el que pasar por encima de la mayor de las desgracias humanas es tan fácil como deslizar un dedo sobre una pantalla.

Imagen destacada: Calle de Alepo tras combates AFP Editada.

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Nada más que fútbol

Ya empieza el fútbol. Este fin de semana los equipos profesionales se enfrentan a su primer rival según el calendario de liga. Imágenes de los partidos de primera división, que ahora resulta ya no se llama así y varía su denominación según el patrocinador de turno, empezarán a poblar los informativos y las redes sociales. Imágenes de los partidos, pero también de los entrenamientos, de las entradas de los jugadores a los entrenamientos, de las salidas de los jugadores después de los entrenamientos, de las ruedas de prensa antes y/o después de los partidos, o incluso de las ruedas de prensa antes y/o después de los entrenamientos, de los momentos de ocio de los jugadores, de los de los entrenadores…

El pasado domingo John Carlin firmaba un reportaje en El País Semanal (El negocio del fútbol, en llamas) sobre ese andamiaje en forma de negocio corrupto que se ha construido sobre la competición futbolística. Escribe Carlin desde su doble papel de reportero documentado y aficionado entusiasta que se resiste a asumir en qué se ha convertido el mundo que rodea a su deporte favorito. Doble papel también el que desempeñan los millones de forofos que, sin pretender más que divertirse y disfrutar con un deporte, devienen en cómplices de ese inflamado negocio.

Y ese negocio en llamas, esa estructura mafiosa que se ha construido sobre el deporte, termina inflamando hasta la propia palabra. Decimos fútbol y la imagen que se nos forma es demasiado grande, decimos demasiadas cosas.

Reconocerse aficionado al fútbol empieza a requerir ciertas dosis de valentía y un esfuerzo posterior de concreción. La condición de mayoritario parece otorgarle un demérito como deporte y como disfrute y obligaría a compensar esa flaqueza con la exposición de alguna otra aptitud o afición de mayor calado intelectual, para evitar que la mera participación en las lides futboleras dentro o fuera de los campos te asigne la condición de idiota. Concreción imprescindible también para confirmarte solo dentro de uno de los “bandos” del fútbol que propone Carlin, el del forofo, separándote de la complicidad con el delito, como si esa militancia forofa impidiera, siendo más bien lo contrario, aberrar, como cualquier otro humano decente, de los desmanes ejercidos en su nombre. La concepción globalizada del mundo nos hace tender a globalizarlo todo. El mundo del fútbol se salió de madre pero el FÚTBOL, así, con mayúsculas, es algo muy sencillo.

En unas semanas “rodará el balón” también en las ligas escolares y, fuera de competiciones oficiales, es bien cierto que no ha dejado de rodar durante todo el verano. Playas, campos, parques, patios, solares abandonados, pasillos, jardines o favelas a lo largo y ancho del planeta son constantemente invadidas por futboler@s sin dorsal, sin agente, sin entrenadores ni directivos, sin escudo siquiera, que se empeñan en volver a poner al fútbol en su sitio.

Fútbol: Juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuyo objetivo es hacer entrar en la portería contraria un balón que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos, salvo por el portero en su área de meta. RAE dixit.

Nada más.

Pero, siendo tan sencillo, es también el único entre los cuarenta y dos deportes olímpicos, capaz de convertirse en dos patadas😉 en un idioma integrador para todos esos futboler@s sin dorsal de los aparentemente distantes mundos de las playas, campos, parques, patios, solares abandonados, pasillos, jardines o favelas del planeta.

Pero esto es el fútbol, nada más. Lo que ocurre en los despachos es otra cosa.

Imagen destacada: dibujo original de Marcos Chicharro.

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Como una chica

 

Más de once mil atletas, representando a doscientos cinco países diferentes, compiten durante estos días en Río de Janeiro por alcanzar la gloria olímpica. 5.200 mujeres y 6.200 hombres, en una proporción que aún dista de la que correspondería a una proporcionalidad directa sobre la población mundial pero que va mejorando olimpiada a olimpiada y que está tristemente muy por encima de la que aún soportan muchas mujeres del mundo al pelearse el acceso a cuestiones tan alejadas de la gloria como un trabajo digno, condiciones básicas de salud e higiene, acceso a la educación o el derecho a la libre elección de su opción de vida, de la posibilidad de compartirla o no y de la persona con la que compartirla, si fuera el caso.

Son varias las atletas que han conseguido su objetivo y alcanzado la gloria por el inexorable camino del esfuerzo, la renuncia y el sacrificio que conduce al éxito deportivo en cualquier disciplina. El mismo camino que han de recorrer los atletas varones, el mismo, pero en muchos casos, simplemente por ser ellas, un poco más largo.

Como ejemplo los malévolos juicios sobre su apariencia física que han añadido gratuitamente un plus de esfuerzo en la construcción de la fortaleza mental de Rafaela Silva  o Alexa Moreno. O el que la decisión de Maialen Chourraut de compaginar ser madre y deportista de alto nivel le haya obligado a entrenar hasta dos días antes del parto y a someter a su cuerpo al doble desgaste físico del entrenamiento y la lactancia. A Lydia Valentín, simplemente destacar en un deporte tradicionalmente masculino le añade la presión de convertirla en pionera y referente de nuevas generaciones. A Corey Cogdell tiradora del equipo olímpico americano de tiro al plato, o a Katinka Hosszú, nadadora húngara, medallistas olímpicas las dos, la cortedad mental de un par de periodistas, quizá no les ha añadido trabas en el camino pero les ha dado un trato, al considerar a la primera mera esposa de su marido y al marido de la segunda único responsable del triunfo de esta, diferente al que hubieran recibido de ser varones y muy alejado del que su esfuerzo merece.

El esfuerzo, la renuncia y el sacrificio forman el procedimiento básico para alcanzar el triunfo en cualquier ámbito. Eso y la paciencia. Quizá no hay una forma diferente de triunfar según el sexo, quizá tampoco hay una forma diferente de esforzarse, renunciar o sacrificarse, quizá. Pero esa misma idea de la igualdad en la forma de pelear un triunfo ya es revolucionaria.

Hace dos años una empresa dedicada a la fabricación de compresas y otros productos de higiene femenina rodó un anuncio-experimento en el que se ponían de manifiesto las notas negativas que se añadían a una acción si se calificaba el modo de realizarla como de “como una chica”. Correr, lanzar o luchar como una chica significaba hacerlo de forma débil, sin determinación, desganada. En niñas pequeñas la connotación aún no existía pero al llegar a la adolescencia ya era clara y afectaba a la forma de vivir de las adolescentes.

Ahora Rafaela, Alexa, Maialen, Lydia, Corey y Katinka, como Mireia, Garbiñe, Simone, Carolina y tantas otras están contribuyendo a redefinir el significado de las palabras. Ellas no solo luchan, saltan, navegan, levantan peso, disparan o manejan sus raquetas como las chicas que son. Ellas ganan, y lo hacen de la única manera que pueden hacerlo: como una chica.

Imagen destacada: Rafaela Silva, foto editada sobre la de Michael Madrid/USA TODAY Sports a través de http://www.nbcolympics.com/news/rafaela-silva-wins-brazils-first-gold-medal-takes-57kg-judo-title

 

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Elecciones 2016 Agencia Efe
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No tenéis ni idea

En diciembre del año pasado, tras unos resultados electorales que respondían a los que los medios de comunicación preveían, y que podrían resumirse en un “va a haber que pactar”, los líderes políticos empezaron sus conversaciones… sin llegar a ningún pacto definitivo que permitiera formar gobierno. En junio volvimos a tener elecciones y, tras unos resultados que, en general, volvían a responder a los que los medios de comunicación preveían, y que podrían resumirse en un “también va a haber que pactar” los líderes políticos volvieron a empezar sus conversaciones… hasta hoy.

Por lo que yo escucho y leo, la lista de culpables de esta situación para el sector mayoritario de la población se limita a esos “líderes” con una discutible capacidad de liderazgo y una mermada capacidad de diálogo. El acuerdo es prácticamente unánime en culpar a los políticos, aunque en función de la ideología propia, la cuota de responsabilidad se asigna en mayor medida a los de ideología menos afín disculpando a quienes en teoría defienden conceptos coincidentes con los nuestros. Pero quizá como electores nos está fallando la capacidad de autocrítica y no estamos prestando atención a la situación real.

Comparados con los más de treinta y seis millones de electores, la clase política representa una proporción mínima. ¿Y ellos pocos van a ser culpables de todo? Por favor…

Estamos viendo como problema básico el que ellos no sepan convertir el resultado de unas elecciones legítimas en un gobierno estable, pero lo verdaderamente gordo es que los más de treinta y seis millones de electores no sepamos votar y no dejemos de hacerlo mal.

La repetición de elecciones en el último mes de junio no puede responder al fracaso de una clase política (si así fuera, habría de considerársela absolutamente impresentable, al menos para otras posibles elecciones, y eso no es hipótesis factible). La repetición de elecciones fue una clara concesión de nuestros compasivos líderes que, conscientes de nuestras limitaciones como electores, nos dieron una segunda oportunidad. Ellos saben que no sabemos votar, no lo hacemos bien, votamos a quien, de acuerdo con nuestra ideología, afinidades, simpatías o hartazgos, nos conviene. Así, a nuestro libre albedrío, como si supiéramos hacerlo, y no nos sale, por eso no hay gobierno.

No nos salió en diciembre, y nuestros ecuánimes líderes hubieron de alcanzar el compasivo acuerdo tácito de pasar por encima nuestras carencias y concedernos una segunda oportunidad. Pero la hemos desaprovechado y lo hemos vuelto a hacer mal.

Y ahí los tenemos, por un lado intentando dar la sensación a la prensa internacional de que van a hablar entre ellos de techos de gasto, presupuestos, políticas sociales, financiación autonómica, política fiscal, desafíos independentistas… nimiedades, para desviar la atención de su verdadera lacra: tener tanto elector inútil.

La cuestión clave a decidir ahora no es otra que optar entre hacer un apaño de legislatura con este resultado extraño que les hemos entregado con nuestra incompetencia como votantes o volver a comportarse como padres pacientes, abnegados y protectores y darnos una tercera oportunidad. Pero para eso tendrían que tener garantías de que, de aquí a noviembre, ya nos habremos conseguido coscar de su mensaje y habremos asumido que, como votantes, no tenemos ni p.. idea, para que nuestro propósito de enmienda les asegurara un resultado facilito que no requiriera esfuerzo negociador por su parte.

Y el caso es que yo no lo veo, la gente se acostumbra a votar libremente enseguida y en unas pocas décadas ya se crecen, se sienten fuertes y seguros y votan como si supieran. Creo que va a ser mejor que se apañen con lo que tienen ahora, no sea que nos dé por votar  incluso peor y terminen teniendo que jugarse a los chinos hasta su asiento en el Congreso.

Imagen destacada: Agencia Efe vía 20minutos.es http://www.20minutos.es/noticia/2782088/0/elecciones-generales-2016-directo/

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Rubio pollo a discreción

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Messi se tiñó de rubio, y no es tema baladí cuando le ampara la profunda razón que su peluquero acaba de desvelar: “lo hizo para dejar atrás todo lo que pasó”.

El rubio pollo como sustituto del lento transcurrir del tiempo en la necesaria función de ir superando lo que de malo nos pasa, de calmar ánimos, de atemperar relaciones o de templar caracteres. El rubio pollo como instrumento automático para el borrón y cuenta nueva.

¿A qué esperamos?

Que le cedan un espacio ya mismo  en Zarzuela a este peluquero mago. Así el Rey podrá sortear la tentación de “borbonear” devolviéndonos a nuestros líderes, tras estas preceptivas audiencias, con las cabezas rubias y las mentes limpias de polvo y paja, con lo pasado olvidado y con un espíritu nuevo ansioso de consenso.

Y ahora que lo pienso, una vez que el de Messi nos ha abierto los ojos a sus poderes, a ver si va a resultar que el sueldo del peluquero de Hollande es hasta barato…

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En negociaciones

eubarberia04-1063x598El verano es la estación negociadora por excelencia. Quién más quién menos se acerca a estas fechas con el planteamiento, no siempre deseado, de convivir más tiempo de lo habitual con sus semejantes. Da igual si te llevas la familia puesta, si, huyendo de ella, te vas a la otra parte del mundo, si tan solo vas a frecuentar más algún lugar público (piscinas, parques, paradas de autobús, colas en los museos, embotellamient Seguir leyendo

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