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Cumpliendo órdenes

Desde ayer son centenares las fotos de enfrentamientos que pueblan los medios de comunicación y las redes sociales. Enfrentamientos verbales, mediante lanzamiento de objetos, con otros objetos contundentes, a empujones o a tortazo limpio, un poquito de cada cosa. Los contendientes, dos “bandos” que cumplían consignas de distinta índole y distinta procedencia.

Por un lado, personal civil de toda edad y condición que habían ocupado colegios obedeciendo instrucciones de partidos políticos, instituciones públicas o asambleas vecinales, para impedir que estos fueran clausurados y no pudieran usarse como sedes electorales.

Por otro lado, personal al servicio de distintas fuerzas del orden público que, haciendo honor a su denominación, obedecían instrucciones para mantener el orden que amparan nuestras leyes e impedir que un referendum declarado ilegal se celebrara.

Los unos, para defender sus posiciones, se acompañan de sus hijos, sus padres, sus abuelos… convirtiendo la ocupación de los centros de votación en una fiesta familiar, dándole una connotación lúdica que contrasta con los reiterados avisos de que las fuerzas del orden intervendrían para detener el proceso. Una fiesta familiar abocada a ser interrumpida por las fuerzas del orden público… ¿con un baile pensaban?

Los otros, sabiendo que se iban a meter en loberas, con las instrucciones también de ser comedidos pero eficaces en su actuación. Órdenes claras y facilísimas para quienes no se iban a meter allí ¿eficacia contra multitudes sin usar las armas? ¿pensaban sus mandos que los ocupantes saldrían de los colegios de forma tranquila y relajada con solo verlos llegar?

Unos y otros han ofrecido al mundo lo que se esperaba de ellos, fotos y más fotos de sus enfrentamientos. Y hay heridos, contusionados, graves ofensas entre unos y otros… mientras que los jefes o instigadores de cada uno de los bandos, seguían la “fiesta” desde sus despachos.

Ninguno de ellos arriesgó su rostro, a ninguno de ellos nadie se lo iba a partir. Y, lo que es peor, ninguno de ellos va a hacer absolutamente nada por arreglar lo que está por venir, esta gran bola que no deja de crecer y que seguirá explotando en la cara de todos y cada uno de nosotros.

 

Imagen destacada vía Rtve: http://img.rtve.es/i/?w=1180&i=1506869150298.jpg

 

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Del cómo nos toleramos

El otro día asistí como oyente a un acto en el que varios voluntarios de distintas ONG ponían en común sus experiencias e intentaban definir qué características debía tener para ellos un buen voluntario. Hubo varias que se repitieron y una en particular fue nombrada por todos ellos, pareció quedar claro que no hay un prototipo de voluntario pero que cada persona, por sus fortalezas y debilidades, puede ser mejor ayuda en un trabajo u otro, aunque, eso sí, en todos ellos era imprescindible esa cualidad: la tolerancia.

Se enlazaron después testimonios de experiencias muy diferentes: apoyo a adolescentes en riesgo de exclusión, implicación en actividades múltiples de una fundación de ayuda a discapacitados, asistencia y entretenimiento para niños sin apoyo familiar, compañía a mayores que viven solos, apoyo a la integración de refugiados…

Cada uno de los voluntarios fue desgranando sus acciones, sus temores, su experiencia personal, aludiendo, sin dar demasiados datos, a las personas a las que apoyaban y las dificultades que se encontraban para prestar ese apoyo o para conseguir poner todas sus fortalezas y capacidades al servicio de cada colectivo.

En un momento tomó la palabra un voluntario con largos años de experiencia, según su presentación, que fue el único que, en esa misma presentación, manifestó claramente su ideología (soy ateo y muy de izquierdas) en lo que pareció un argumento para demostrar su incuestionable tolerancia hacia los demás antes de plantear su idea. Pero su comentario fue que, siendo esa su ideología, él podría prestar apoyo a una persona muy religiosa, pero le costaría mucho. Repitió que, eso sí, él “lo respetaba” pero le sería difícil la convivencia con una persona así.

Después de escuchar su argumento, me dio por pensar en cada uno de los otros voluntarios que habían intervenido, porque analizado despacio era evidente que para la mayoría de ellos la ideología de las personas a las que apoyaban era diferente de la suya: adultos españoles con refugiados venidos de otro continente y con otra religión, jóvenes ayudando y acompañando a personas muy mayores, otros adultos en continua convivencia con adolescentes de distinta procedencia (la “ideología” adolescente sin necesidad de venir de la otra punta del mundo ya es difícil de compartir por cualquier adulto sensato)… pero, en ningún caso, al narrar su experiencia, a ninguno le pareció relevante la alusión a esa diferencia ideológica.

Hay varias acepciones según la RAE en la definición del verbo tolerar. Tanto para prestar servicios como voluntario como para la convivencia diaria parece que la preferible es la cuarta: Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias, pero me temo que, como en el caso del voluntario cuyo comentario llamó mi atención, en demasiadas ocasiones esa tolerancia tiene más que ver con la primera: Llevar con paciencia algo.

Porque una cosa es respetar, tomando la ideología como una condición más de la persona, sin calificarla como buena o mala por muy diferente que sea de la nuestra, y otra llevar con paciencia las ideologías contrarias a la nuestra. La primera versión de la tolerancia produce poco desgaste pero la última se basa en una cualidad, la paciencia, que tiene una duración limitada.

Quizá por eso nuestra convivencia anda tan crispada. En vez de respetarnos realmente, nos ha dado por llevarnos con paciencia unos a otros. Craso error.

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Silbar a Piqué

Para los futboleros de pro el descanso veraniego terminaba con un partido de la selección española de fútbol contra la italiana este último sábado en Madrid. Encuentro importante para la clasificación para el próximo campeonato mundial había estado precedido por una campaña llamando a la participación y al sano apoyo a los jugadores.

No obstante, varios medios de comunicación también tuvieron a bien gastar párrafos y minutos en vaticinar si uno de los mejores defensas de la selección en los últimos años, Gerard Piqué, iba a ser abucheado, como en anteriores encuentros, por la afición madrileña. De resultas de eso, a aquellos que íbamos a asistir al partido, ya se nos provocaba a dedicar un tiempo a meditar si participaríamos de los pitos o no. Siendo un partido de fútbol una mera actividad lúdica con el único objetivo de disfrutar del desarrollo de un juego, has de optar por permitir o no que tus acciones muestren el apoyo o el rechazo, no tanto a un jugador como a una ideología. Que si el jugador es violento en el campo, adolece de falta de entusiasmo o implicación en el juego pues lo mismo sería consecuente que fuera abucheado, pero en este caso lo que contra él se tiene excede al ámbito deportivo y se centra únicamente en sus manifestaciones sobre temas políticos. Así que, dependiendo de la edad de tus acompañantes, lo mismo te ves obligado a explicar la posible razón de esos abucheos o la de tu orden tajante de que ni un abucheo a Piqué entre los que vienen conmigo.

Y resulta que, tontamente, el desarrollo del partido supone un estrés añadido para todos. Los que han decidido silbar a Piqué, bastante pocos en proporción al resto de los asistentes, han de estar muy pendientes de los momentos en que él toque el balón, pero los que hemos decidido contrarrestar esos abucheos con aplausos, por coincidencia ideológica o, los más, por hartazgo de que la ideología lo invada todo, también pendientes para, en cuanto empiecen los pitos, silenciarlos rápidamente con aplausos o jaleos al jugador. Un estrés, digo, porque no te puedes entretener enviando un whasapp o vagando tu mirada por las gradas, porque a la mínima que te despistas le llega el balón a Piqué y empiezas el abucheo tarde o son los abucheadores los más atentos y tu, cuando quieres contrarrestar, ya resulta que han terminado.

Y llega un momento en que, cuando ya tienes mecanizada la respuesta pitos-palmas, pitos-palmas, y consigues hacerlo sin pensar mucho y orgullosa de hacerlo bien, das unos aplausos rápidos y recibes un codazo de tu acompañante seguido de un ¿y ahora por qué aplaudes? y a tu contestación de yo qué sé, porque abucheaban a Piqué ¿no? le responde una mirada condescendiente, un bufido y un no era a Piqué, era a Koke, ¿Y a Koke por qué? Yo qué sé ¿Y a Koke se le puede pitar? Y te quedas en blanco y encogiendo hombros porque para los pitos a Koke no nos habíamos preparado.

Y, siendo propensa al estrés, yo ya empiezo a estar harta de estos añadidos porque, además, si lo hacemos, sería mejor que lo hiciéramos bien y, para estar seguros de si nuestra respuesta debe ser pito o abucheo, al vender las entradas para cualquier espectáculo (deportivo, teatral, musical, cinéfilo o circense) tendrían que permitir que enviáramos un cuestionario con las cuestiones ideológicas que a cada uno nos parecieran vitales para que fueran respondidas por cada uno de los participantes en el espectáculo y pudiéramos planificar nuestra respuesta: aplaudo al tramoyista que es de mi mismo partido político pero abucheo al actor secundario porque no tiene las ideas muy claras y en las dos últimas elecciones votó a dos partidos diferentes, aplaudo a la actriz principal porque cree en la independencia de mi región pero pitaré un poco al acomodador porque, aunque por lo que dice en el cuestionario su ideología coincide con la mía, yo sé que se casó con la hija mayor del concejal de mi distrito que me cae fatal. Y así, oye, podemos quedarnos tranquilos con la certeza de que no aplaudimos en balde.

Además, como sería injusto hacia la gente del espectáculo el que solo ellos fueran medidos por sus pensamientos, tendríamos que llegar a llevar encima los cuestionarios para entregarlos a todos aquellos con los que tuviéramos relación ¿Que necesitas tomates? pues te bajas con tu cuestionario al mercado y no compras hasta que encuentras una frutería en la que las respuestas de todos los empleados coinciden con las que tú deseas ¿Que vas a ir en taxi al aeropuerto? Pues con el cuestionario por delante taxista por taxista ¿Que pretendes tomarte una caña con tus colegas? Pues cuestionario al canto a los camareros.

Y así, idiotas de nosotros, podríamos jodernos la vida sin necesidad de esperar a que Kim Jong-Un y Trump nos den el trabajo hecho.

 

 

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Al sol y al agua

Sentada sola en la playa sobre la arena fría en la bajamar miraba el pequeño bamboleo del agua. El sol, indeciso, quería asomarse por el horizonte y apenas dos gaviotas se atrevían a cortar el silencioso estreno de la mañana.

A primera vista desde el paseo marítimo su presencia parecía el centro de una postal con una escena idílica en la playa. Los colores, la luz… A ella se le veía serena, se diría feliz, con la vista fija en los primeros rayos. Apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados en sus rodillas y la dejó descansar unos minutos. Al levantarla, no pudo evitar gritarle al sol toda su angustia: no salgas aún, no salgas.

Allí sentada, sola, frente al mar, sin mover más músculo que el corazón, estaba huyendo. La tarde anterior, cuando ese mismo sol que ahora iba a salir pugnaba por esconderse, le había hecho un juramento: no volverás a salir sin que yo haya puesto fin a esto. Pero, en vez de dirigirse a casa a ejecutar su propósito, se quedó en la playa, sentada, sola, reuniendo fuerzas.

Años atrás había decidido que, ya que no iba a poder escapar de ella, al menos sería la única persona a quién doliera su vida. Y empezó a vivir dos versiones, la real y la visible. Y a todo el mundo pareció valerle. El plan se mostró imperfecto cuando llegó a necesitar alguien con quien compartir su verdad pero, por no estropear su primera decisión, eligió como confidentes solo al sol y al agua. Al sol porque sentía que, por mucho que le pesara lo que ella le contara, jamás produciría ningún efecto, su ritmo de salida, de subida y de bajada no se alteraría y eso, sorprendentemente, le daba seguridad. Que el horror no hiciera mella más que en ella. Y el agua por lo contrario, por su continua alteración, por su rápido efecto de inundarlo todo. Si quieres deshacerte de algo, escúpelo al agua, a las malas te lo devolverá enseguida pero limpio, mojado, inundado, a las buenas se lo llevará o lo diluirá, para siempre.  Hablarle al sol o sumergirse en el agua fueron sus terapias. Y sobrevivió, hasta ayer. Una pequeña línea azul horizontal en un test desbarató su proyecto de vida.

El sol iba a salir. Ya no había tiempo, tenía que dejar de huir.

Alba se levantó, desperezó huesos y músculos y se detuvo un momento a apreciar el roce de la arena en sus pies. Se concentró en esa sensación mientras, paso a paso, se acercaba al agua. Para cuando sus dedos se humedecieron ya había logrado respirar y caminar con la misma cadencia regular. Sin modificarla siguió moviéndose: inspirar, expirar, inspirar, expirar, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho… inspirar, expirar…

Sintió un pequeño escalofrío cuando el agua fría mojó su vientre pero para entonces sus movimientos eran tan automáticos que no se alteraron. Al saborear el salitre cerró los ojos y siguió moviendo sus pies: derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, inspirar, expirar, inspirar, expirar, inspirar.

 

 

Imagen destacada: foto original de Marcos Chicharro.

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Otro cúmulo de errores

La corrupción vuelve a copar las portadas de los periódicos. En uno de ellos se leía hace unos días cómo uno de los implicados en el último caso en saltar a la prensa manifiestaba no haber cometido ningún delito “al menos conscientemente”, se deduce por tanto que, si el juez termina por decidir que sí lo cometió, sería fruto de un error.

Quizá también sean fruto de errores los casos Nóos, Gürtel, Palau, Palma Arena, Púnica… Los cobros de comisiones, los contratos amañados, los pagos indebidos, las ganancias ilícitas… errores, todo errores. Error también, el de muchos de los implicados al pensar que estaban por encima de la ley…

Error seguro el trato que cada partido político ha dado a los casos de corrupción que afectaban a sus cargos electos. Error el que no haya habido relevo en los puestos ejecutivos de los partidos por personas con trayectoria limpia. Error el que no surjan alternativas “limpias” de todas las ideologías y haya millones de personas que, ante unas elecciones, se vean abocadas a quedarse en casa o a votar a partidos manchados por múltiples casos de corrupción.

Error tras error…

 Y, quizá el mayor de todos, el de pensar que el enorme deterioro en la confianza depositada en los partidos tradicionales no va a ser aprovechado por otros en su propio beneficio. Ahora somos un país frágil en la confianza en nuestro sistema y cualquier manipulador que se precie sabe que una persona frágil es muy fácil de manipular. Cada nuevo error que sale a la luz hace que, los que seguro nos acechan, se froten las manos de satisfacción.

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Un cúmulo de errores

Uno de los regalos que recibo cuando paso unos días en casa de mis padres es que vuelvo a leer periódicos en papel. Mientras desayuno o después de desayunar, sentada, sin prisas, paso las hojas con la calma que las pantallas no permiten.

Hoy me detengo en un titular que parece irme dedicado, Cuando tienes 50 años te das cuenta de que te has equivocado en todo, leo mientras no puedo evitar pensar “C… , me han pillado“. Entrevista en El país B. González Harbour a Antonio Orejudo, escritor que presenta su última novela. Los Cinco y yo, en la que habla de esa mi generación que creció leyendo los libros de Los Cinco. En un momento de la entrevista el escritor se autopregunta y responde en estos términos: ¿Qué ha sido de nosotros 50 años después? Y el balance siempre es negativo. Da igual que seas millonario, cuando tienes 50 te das cuenta de que te has equivocado en todo. Hay frustración, desilusión. Hay que ser muy ingenuo para no estar desengañado literaria, política y vitalmente.

No creo que a todos los que alcanzamos esta cifra nos pase lo mismo ni en la misma forma pero sí me ha sorprendido que, cuando yo he empezado a contar esa sensación de fracaso, de haber construido una vida basada en un cúmulo de errores que me invade a ratos desde hace unos meses, he podido encontrar que es algo que varias personas que han llegado o pasado hace mucho tiempo esta edad, reconocen como propio, como algo que viven o que vivieron durante un tiempo. Leer además las palabras de Antonio Orejudo dándoles el carácter de aseveración y de condición general me hace, por un lado, sentirme un poco menos rara, y por otro, plantearme por qué ocurre y por qué a esta edad.

 Los 50 es una edad redonda, más cercana ya a la jubilación que al inicio de la vida laboral (los que cumplimos 50 ahora sí tuvimos opciones de empezar a trabajar pronto) en la que es fácil haber pensado en el pasado que sería un momento de haber alcanzado todas las aspiraciones de juventud y estarse dedicando a disfrutar lo conseguido. Las familias construidas y los hijos creciendo, los trabajos asentados después de algún ascenso, físicamente activos y mentalmente jóvenes… una edad perfecta… si las vidas se escribieran como una historia plana y sin sorpresas. Pero en todas las vidas hay sorpresas, hay caminos que no llevan a donde creíamos, sueños que se consiguen y uno se pregunta ¿y después qué? ¿debo soñar más o aquí me paro?, también hay otros sueños que, al conseguirlos, se disuelven como el algodón de azúcar en la boca y hay otros  tantos que quizá necesitan más tiempo para ser conseguidos pero, llegados los 50, uno a veces siente si esos no tendrían ya que ser abandonados para limitarnos a conformarnos con aquello que se ha podido llegar a ser.

Creo también que, al menos en la parte de las XX, que es la que yo conozco, las hormonas juegan un papel perverso. Es el momento en que la vida fértil va llegando a su fin y la revolución hormonal que eso provoca contagia esa sensación de fin de ciclo a todo el organismo, hasta llegar al órgano pensante.

Época convulsa los 50 parece ser…

Os iré contando, aunque ya sabéis que crédito no podéis darme mucho porque es probable que al día siguiente ya me esté dando cuenta de que todo lo que digo, incluso en esta entrada, no es más que una pequeña parte de otro gran error 😉

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A ver si es verdad

La escenificación del desarme de ETA este último sábado me pilló casualmente leyendo Patria, la novela de Fernando Aramburu sobre el devenir durante cincuenta años de dos familias vascas marcadas por el terrorismo desde el diferente papel de dos miembros de ellas, uno como integrante de la banda y otro como objetivo.

El libro, muy bien escrito, te traslada de uno a otro de los nueve personajes principales a la vez que recorre esos alrededor de cincuenta años, desde los años de juventud y amistad de las madres de las dos familias hasta el año en que ETA anuncia el cese de la violencia. Y, al recorrer esos años el escritor, no solo te cuenta su historia sino que te “obliga” a actualizar tus propios recuerdos de aquellos años.

En mera cifra hace ahora ya siete años del último asesinato, pero las muertes nunca son solo una cifra. Hasta entonces y desde la década de los sesenta nos acostumbramos a que de vez en cuando los noticiarios abrieran con la noticia de un atentado en cualquier lugar de España. Atentados que te impactaban y revolvían, atentados con muertos de cualquier edad y condición. Más de ochocientos muertos, más de ochocientas personas con familia, amigos…, además los heridos, los secuestrados… miles de personas afectadas directamente, y varios millones indirectamente.

Al final, todos éramos afectados, porque todos los que vivimos esos años podemos recordar las portadas de los periódicos con fotos de gente ensangrentada, las imágenes en televisión de coches reventados salpicados de restos humanos, muchos podemos recordar también el retumbe del sonido o el temblor en tu propia casa cuando la bomba estaba colocada unas cuantas manzanas más allá, yo recuerdo el silencio en un taxi cuando la noticia de un nuevo atentado me sorprendió en Euskadi…

Durante esos largos años el que ETA dejara de matar era una aspiración constante porque el terrorismo de ETA era una de nuestras mayores preocupaciones, hubo años en los que en las encuestas del CIS se reflejaba como la máxima preocupación.

Sin entrar en la simbología del acto de ayer, el hecho de que ETA entregara sus armas es un sueño colectivo conseguido. No cierra las heridas, ni mucho menos, pero añade concreción a una paz conquistada en gran medida por quienes más sufrieron. Con el tiempo llegará la disolución, y quizá también la completa resolución de los crímenes aún pendientes de esclarecer, y es posible que, mucho tiempo después, llegue incluso el olvido. Para vacunarnos contra él es bueno el libro de Aramburu, porque lo que cuenta nos pasó a todos y hace no mucho tiempo. La entrega de armas parece es la forma que suelen tener quienes actúan con ellas  para decirnos que no nos volverá a pasar. A ver si es verdad.

Imagen destacada: Un policía francés lleva dos bolsas de plástico con armamento de ETA (Bob Edme / AP) La Vanguardia Web (editada en blanco y negro).

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Cuando no nos gusta lo que alguien expresa

Y seguimos a vueltas con la libertad de expresión. Este lunes, apagado un poco el fuego del autobús naranja (no para los organizadores, que han denunciado a la alcaldesa de Madrid por acoso) nuevas polémicas con el mismo tema de fondo ocupan portadas e informaciones digitales. Desde la asociación de la prensa que exige a un partido político que acabe con sus presiones y amenazas a los periodistas con cuyas informaciones no están de acuerdo, hasta el programa, de humor según sus responsables, emitido por una televisión pública que, al reunir manifestaciones despectivas sobre el conjunto de españoles o sobre los símbolos del estado, ha dado lugar a un goteo de protestas, justificaciones, avisos de denuncias… hasta llegar a un comunicado de rechazo de las opiniones emitidas por una actriz en dicho programa por parte de director, productores, actores y hasta escritora de la novela original en que se basa una película recién estrenada en la que esa actriz desempeña un papel secundario. Todos ellos firman deplorar y rechazar dichas opiniones en un comunicado orquestado rápidamente para evitar que triunfe el boicot a la película que se está extendiendo como la pólvora por las redes sociales.

No es la primera vez que pasa. Hace unos meses era “La reina de España” la película objeto de petición de boicot total a causa de unas antiguas declaraciones del director, Fernando Trueba, en las que decía no haberse sentido español ni cinco minutos de su vida.

A mí las declaraciones de Fernando Trueba, siendo totalmente legítimas, que allá cada cual con lo que se siente o no, me parecieron una metedura de pata al formar parte del discurso de agradecimiento a un premio nacional que te está entregando un ministro. Declaraciones poco adecuadas protocolariamente, nada más.

Y lo poco que he podido ver del programa de Eitb (solo el resumen de ocho minutos que sus responsables acusan de sesgado y es muy posible que sí lo sea) tampoco me parece adecuado para una emisión de una televisión pública.

Tampoco estoy nada de acuerdo, obviamente, con la actriz secundaria de la película que acusa a los miembros de un colectivo al que pertenezco de atrasados culturalmente, catetos o machistas, hasta ahí podíamos llegar, claro. No me gustan, aunque no estoy segura de si su intervención corresponde a un papel que, como actriz, interpreta o a su opinión real. Si fuera este último el caso, sus opiniones serían muy diferentes a las mías y ella sería un poco inconsciente al contarlas a una cámara cuando está a punto de estrenarse un trabajo que ha de “vender” a ese colectivo que tan poco le gusta.

No sé si esta moda incipiente de los boicots pretende que los aficionados al cine comprobemos antes de asistir a una proyección el historial de declaraciones públicas de cada uno de los miembros del elenco y del equipo técnico, no sea que vayamos a ver el resultado del trabajo de gente que tiene opiniones que no nos gustan. Probablemente el paso siguiente sea pedir que en cada película solo participen actores y técnicos con ideología acorde con el director, que para eso manda, o que junto con la calificación por edad de cada peli se dé una calificación ideológica.

Y, llegados a eso ¿por qué vamos a distinguir al cine del resto los trabajos? listas ideológicas para todo. A ver si ahora me va a venir un fontanero tarareando a saber qué himno o va a resultar que el autobús que me lleva al trabajo lo conduce alguien con ideas “raras”.

Parece exagerado, sí, pero lo del boicot a las pelis es un comienzo, un muy peligroso comienzo. Como el de las presiones y amenazas a periodistas cuando no se está de acuerdo con sus informaciones…

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Es Navidad

Es Navidad, le dijeron esta vez. Mirándolo a los ojos, con una sonrisa en el rostro y un gesto rápido elevando los hombros y abriendo las manos. Es Navidad, como buena razón.

Cada viernes desde hace dos meses acudía a la oficina de Correos a interesarse por la llegada de un paquete que, desde su lejano país, prometieron enviarle sus afectos. Cada viernes paseaba desde el Centro hasta la oficina, saludaba y preguntaba ¿hay algo para Dionisio Morales? y el empleado de turno, después de consultar sus registros, contestaba, sin apenas levantar sus ojos de la pantalla: No, no hay nada. Siempre igual, viernes tras viernes.

La víspera de Nochebuena cumplió con su rutina semanal entrando en la oficina, saludando y preguntando lo de siempre, pero ese día obtuvo una respuesta diferente: No, no hay nada, es Navidad, ya sabes… Y a la frase le acompañaba una mirada directa a los ojos, una cálida sonrisa y ese gesto cordial de elevar los hombros mientras se abren las manos. Es Navidad, ya sabes…

Él no sabía, pero le gustó el cambio en la respuesta.

Hoy es martes, la Navidad pasó sin más excepción que una comida especial en el Centro y una llamada apresurada a esa familia que asegura haber enviado el paquete ya hace dos meses. El paseo de los martes nunca termina en Correos, escuchar ese No, no hay nada se le hace demasiado duro para repetirlo todos los días y prefiere tener esperanzas de lunes a jueves y solo dejarlas morir el viernes. A pesar del calendario, sus pasos le llevan hacia la oficina. Abandonada la esperanza de recibir su paquete, ha sido sustituida por otra.

Quizá hoy también toque recibir esa mirada directa, esa cálida sonrisa y ese gesto cordial. Quizá, quién sabe. Habrá que probar por si acaso.

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Más femenino singular

Hoy no pensaba escribir. El tema del que hoy me salía escribir era un poco más de lo mismo sobre mi artículo anterior. Más sobre lo femenino, más hablar de las mujeres y nuestro papel en el mundo. Alguna experiencia propia en los últimos días y el haber visto ayer con mis hijos parte del último Salvados, titulado Nosotras, me inducía a eso.

No pensaba escribir, digo, por no repetirme, en este blog en el que el tema vuelve de vez en cuando, por no repetirme tan seguido al menos. Pero esta tarde he estado leyendo algunas noticias, como el espantoso record de tres mujeres muertas por violencia machista en solo cuarenta y ocho horas  o el entregado discurso de Madonna al recoger un premio a la mujer del año, y he terminado pensando que quizá no solo no debería evitar repetirme, sino que lo obligado era hacerlo.

En nuestro mundo cada día no sé si decenas o cientos de mujeres mueren a manos de sus parejas, cada día cientos o miles de niñas son obligadas a casarse o a prostituirse, cada día innumerables actos perjudican a mujeres y niñas por el mero hecho de serlo, cada día, repitiéndose. Por eso ha dejado de parecerme mal el hecho de repetirme al hablar de ello.

Del discurso de Madonna me ha llamado la atención la acusación que recibió de una escritora feminista de que hacía retroceder a las mujeres, de que su actuación individual al exponerse sexualmente perjudicaba a las demás. Esa acusación no es más que una muestra de esa exigencia para cada mujer que alcanza cualquier tipo de éxito de representar a la mitad de la humanidad. Es verdad que cada mujer que llega a puestos antes solo reservados a varones rompe una lanza por todas las que aún no llegaron pero esa responsabilidad es una carga añadida que los hombres no tienen.

Hay muchos hitos pendientes de conseguir, los primeros sin duda los de acabar con las muertes y la explotación sexual, pero deberíamos aspirar a que, tanto en el éxito como en el fracaso, se nos trate como los individuos únicos que todas somos. Que se nos reconozca tanto el derecho a ser tratadas con equidad en el reparto de oportunidades como el de representarnos única y exclusivamente a nosotras mismas. Que la exposición sexual de Madonna le haga avanzar o retroceder a ella como artista, si es que eso tiene algún sentido, y que las meteduras de pata de cada mujer en puestos de responsabilidad le perjudiquen única y exclusivamente a cada una.

Llegará el día en que, cuando una mujer alcance el éxito en cualquier ámbito, recibirá todos los honores que su actuación merezca sin que se haga continua mención a su sexo. Llegará el día en que los discursos como el de Madonna estarán fuera de lugar y en blogs como este no habrá excusa para repetir tema.

¿Llegará? ¿Seguro?

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