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Los artículos

Nada más que fútbol

Ya empieza el fútbol. Este fin de semana los equipos profesionales se enfrentan a su primer rival según el calendario de liga. Imágenes de los partidos de primera división, que ahora resulta ya no se llama así y varía su denominación según el patrocinador de turno, empezarán a poblar los informativos y las redes sociales. Imágenes de los partidos, pero también de los entrenamientos, de las entradas de los jugadores a los entrenamientos, de las salidas de los jugadores después de los entrenamientos, de las ruedas de prensa antes y/o después de los partidos, o incluso de las ruedas de prensa antes y/o después de los entrenamientos, de los momentos de ocio de los jugadores, de los de los entrenadores…

El pasado domingo John Carlin firmaba un reportaje en El País Semanal (El negocio del fútbol, en llamas) sobre ese andamiaje en forma de negocio corrupto que se ha construido sobre la competición futbolística. Escribe Carlin desde su doble papel de reportero documentado y aficionado entusiasta que se resiste a asumir en qué se ha convertido el mundo que rodea a su deporte favorito. Doble papel también el que desempeñan los millones de forofos que, sin pretender más que divertirse y disfrutar con un deporte, devienen en cómplices de ese inflamado negocio.

Y ese negocio en llamas, esa estructura mafiosa que se ha construido sobre el deporte, termina inflamando hasta la propia palabra. Decimos fútbol y la imagen que se nos forma es demasiado grande, decimos demasiadas cosas.

Reconocerse aficionado al fútbol empieza a requerir ciertas dosis de valentía y un esfuerzo posterior de concreción. La condición de mayoritario parece otorgarle un demérito como deporte y como disfrute y obligaría a compensar esa flaqueza con la exposición de alguna otra aptitud o afición de mayor calado intelectual, para evitar que la mera participación en las lides futboleras dentro o fuera de los campos te asigne la condición de idiota. Concreción imprescindible también para confirmarte solo dentro de uno de los “bandos” del fútbol que propone Carlin, el del forofo, separándote de la complicidad con el delito, como si esa militancia forofa impidiera, siendo más bien lo contrario, aberrar, como cualquier otro humano decente, de los desmanes ejercidos en su nombre. La concepción globalizada del mundo nos hace tender a globalizarlo todo. El mundo del fútbol se salió de madre pero el FÚTBOL, así, con mayúsculas, es algo muy sencillo.

En unas semanas “rodará el balón” también en las ligas escolares y, fuera de competiciones oficiales, es bien cierto que no ha dejado de rodar durante todo el verano. Playas, campos, parques, patios, solares abandonados, pasillos, jardines o favelas a lo largo y ancho del planeta son constantemente invadidas por futboler@s sin dorsal, sin agente, sin entrenadores ni directivos, sin escudo siquiera, que se empeñan en volver a poner al fútbol en su sitio.

Fútbol: Juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuyo objetivo es hacer entrar en la portería contraria un balón que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos, salvo por el portero en su área de meta. RAE dixit.

Nada más.

Pero, siendo tan sencillo, es también el único entre los cuarenta y dos deportes olímpicos, capaz de convertirse en dos patadas😉 en un idioma integrador para todos esos futboler@s sin dorsal de los aparentemente distantes mundos de las playas, campos, parques, patios, solares abandonados, pasillos, jardines o favelas del planeta.

Pero esto es el fútbol, nada más. Lo que ocurre en los despachos es otra cosa.

Imagen destacada: dibujo original de Marcos Chicharro.

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Como una chica

 

Más de once mil atletas, representando a doscientos cinco países diferentes, compiten durante estos días en Río de Janeiro por alcanzar la gloria olímpica. 5.200 mujeres y 6.200 hombres, en una proporción que aún dista de la que correspondería a una proporcionalidad directa sobre la población mundial pero que va mejorando olimpiada a olimpiada y que está tristemente muy por encima de la que aún soportan muchas mujeres del mundo al pelearse el acceso a cuestiones tan alejadas de la gloria como un trabajo digno, condiciones básicas de salud e higiene, acceso a la educación o el derecho a la libre elección de su opción de vida, de la posibilidad de compartirla o no y de la persona con la que compartirla, si fuera el caso.

Son varias las atletas que han conseguido su objetivo y alcanzado la gloria por el inexorable camino del esfuerzo, la renuncia y el sacrificio que conduce al éxito deportivo en cualquier disciplina. El mismo camino que han de recorrer los atletas varones, el mismo, pero en muchos casos, simplemente por ser ellas, un poco más largo.

Como ejemplo los malévolos juicios sobre su apariencia física que han añadido gratuitamente un plus de esfuerzo en la construcción de la fortaleza mental de Rafaela Silva  o Alexa Moreno. O el que la decisión de Maialen Chourraut de compaginar ser madre y deportista de alto nivel le haya obligado a entrenar hasta dos días antes del parto y a someter a su cuerpo al doble desgaste físico del entrenamiento y la lactancia. A Lydia Valentín, simplemente destacar en un deporte tradicionalmente masculino le añade la presión de convertirla en pionera y referente de nuevas generaciones. A Corey Cogdell tiradora del equipo olímpico americano de tiro al plato, o a Katinka Hosszú, nadadora húngara, medallistas olímpicas las dos, la cortedad mental de un par de periodistas, quizá no les ha añadido trabas en el camino pero les ha dado un trato, al considerar a la primera mera esposa de su marido y al marido de la segunda único responsable del triunfo de esta, diferente al que hubieran recibido de ser varones y muy alejado del que su esfuerzo merece.

El esfuerzo, la renuncia y el sacrificio forman el procedimiento básico para alcanzar el triunfo en cualquier ámbito. Eso y la paciencia. Quizá no hay una forma diferente de triunfar según el sexo, quizá tampoco hay una forma diferente de esforzarse, renunciar o sacrificarse, quizá. Pero esa misma idea de la igualdad en la forma de pelear un triunfo ya es revolucionaria.

Hace dos años una empresa dedicada a la fabricación de compresas y otros productos de higiene femenina rodó un anuncio-experimento en el que se ponían de manifiesto las notas negativas que se añadían a una acción si se calificaba el modo de realizarla como de “como una chica”. Correr, lanzar o luchar como una chica significaba hacerlo de forma débil, sin determinación, desganada. En niñas pequeñas la connotación aún no existía pero al llegar a la adolescencia ya era clara y afectaba a la forma de vivir de las adolescentes.

Ahora Rafaela, Alexa, Maialen, Lydia, Corey y Katinka, como Mireia, Garbiñe, Simone, Carolina y tantas otras están contribuyendo a redefinir el significado de las palabras. Ellas no solo luchan, saltan, navegan, levantan peso, disparan o manejan sus raquetas como las chicas que son. Ellas ganan, y lo hacen de la única manera que pueden hacerlo: como una chica.

Imagen destacada: Rafaela Silva, foto editada sobre la de Michael Madrid/USA TODAY Sports a través de http://www.nbcolympics.com/news/rafaela-silva-wins-brazils-first-gold-medal-takes-57kg-judo-title

 

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Elecciones 2016 Agencia Efe
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No tenéis ni idea

En diciembre del año pasado, tras unos resultados electorales que respondían a los que los medios de comunicación preveían, y que podrían resumirse en un “va a haber que pactar”, los líderes políticos empezaron sus conversaciones… sin llegar a ningún pacto definitivo que permitiera formar gobierno. En junio volvimos a tener elecciones y, tras unos resultados que, en general, volvían a responder a los que los medios de comunicación preveían, y que podrían resumirse en un “también va a haber que pactar” los líderes políticos volvieron a empezar sus conversaciones… hasta hoy.

Por lo que yo escucho y leo, la lista de culpables de esta situación para el sector mayoritario de la población se limita a esos “líderes” con una discutible capacidad de liderazgo y una mermada capacidad de diálogo. El acuerdo es prácticamente unánime en culpar a los políticos, aunque en función de la ideología propia, la cuota de responsabilidad se asigna en mayor medida a los de ideología menos afín disculpando a quienes en teoría defienden conceptos coincidentes con los nuestros. Pero quizá como electores nos está fallando la capacidad de autocrítica y no estamos prestando atención a la situación real.

Comparados con los más de treinta y seis millones de electores, la clase política representa una proporción mínima. ¿Y ellos pocos van a ser culpables de todo? Por favor…

Estamos viendo como problema básico el que ellos no sepan convertir el resultado de unas elecciones legítimas en un gobierno estable, pero lo verdaderamente gordo es que los más de treinta y seis millones de electores no sepamos votar y no dejemos de hacerlo mal.

La repetición de elecciones en el último mes de junio no puede responder al fracaso de una clase política (si así fuera, habría de considerársela absolutamente impresentable, al menos para otras posibles elecciones, y eso no es hipótesis factible). La repetición de elecciones fue una clara concesión de nuestros compasivos líderes que, conscientes de nuestras limitaciones como electores, nos dieron una segunda oportunidad. Ellos saben que no sabemos votar, no lo hacemos bien, votamos a quien, de acuerdo con nuestra ideología, afinidades, simpatías o hartazgos, nos conviene. Así, a nuestro libre albedrío, como si supiéramos hacerlo, y no nos sale, por eso no hay gobierno.

No nos salió en diciembre, y nuestros ecuánimes líderes hubieron de alcanzar el compasivo acuerdo tácito de pasar por encima nuestras carencias y concedernos una segunda oportunidad. Pero la hemos desaprovechado y lo hemos vuelto a hacer mal.

Y ahí los tenemos, por un lado intentando dar la sensación a la prensa internacional de que van a hablar entre ellos de techos de gasto, presupuestos, políticas sociales, financiación autonómica, política fiscal, desafíos independentistas… nimiedades, para desviar la atención de su verdadera lacra: tener tanto elector inútil.

La cuestión clave a decidir ahora no es otra que optar entre hacer un apaño de legislatura con este resultado extraño que les hemos entregado con nuestra incompetencia como votantes o volver a comportarse como padres pacientes, abnegados y protectores y darnos una tercera oportunidad. Pero para eso tendrían que tener garantías de que, de aquí a noviembre, ya nos habremos conseguido coscar de su mensaje y habremos asumido que, como votantes, no tenemos ni p.. idea, para que nuestro propósito de enmienda les asegurara un resultado facilito que no requiriera esfuerzo negociador por su parte.

Y el caso es que yo no lo veo, la gente se acostumbra a votar libremente enseguida y en unas pocas décadas ya se crecen, se sienten fuertes y seguros y votan como si supieran. Creo que va a ser mejor que se apañen con lo que tienen ahora, no sea que nos dé por votar  incluso peor y terminen teniendo que jugarse a los chinos hasta su asiento en el Congreso.

Imagen destacada: Agencia Efe vía 20minutos.es http://www.20minutos.es/noticia/2782088/0/elecciones-generales-2016-directo/

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Rubio pollo a discreción

2016-07-27 21.24.29

 

 

Messi se tiñó de rubio, y no es tema baladí cuando le ampara la profunda razón que su peluquero acaba de desvelar: “lo hizo para dejar atrás todo lo que pasó”.

El rubio pollo como sustituto del lento transcurrir del tiempo en la necesaria función de ir superando lo que de malo nos pasa, de calmar ánimos, de atemperar relaciones o de templar caracteres. El rubio pollo como instrumento automático para el borrón y cuenta nueva.

¿A qué esperamos?

Que le cedan un espacio ya mismo  en Zarzuela a este peluquero mago. Así el Rey podrá sortear la tentación de “borbonear” devolviéndonos a nuestros líderes, tras estas preceptivas audiencias, con las cabezas rubias y las mentes limpias de polvo y paja, con lo pasado olvidado y con un espíritu nuevo ansioso de consenso.

Y ahora que lo pienso, una vez que el de Messi nos ha abierto los ojos a sus poderes, a ver si va a resultar que el sueldo del peluquero de Hollande es hasta barato…

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Los artículos

En negociaciones

eubarberia04-1063x598El verano es la estación negociadora por excelencia. Quién más quién menos se acerca a estas fechas con el planteamiento, no siempre deseado, de convivir más tiempo de lo habitual con sus semejantes. Da igual si te llevas la familia puesta, si, huyendo de ella, te vas a la otra parte del mundo, si tan solo vas a frecuentar más algún lugar público (piscinas, parques, paradas de autobús, colas en los museos, embotellamient Seguir leyendo

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2016-07-30 00.13.35
Los relatos

Vida bajo tierra

Salió en las noticias. En un pueblo de Madrid habían tirado un niño a la basura. Al principio la noticia daba miedo pero, cuando la oías entera, lo que daba era envidia. El niño era muy pequeñito y lo habían tirado, dentro de una mochila y con un biberón, en una papelera que tenía un agujero debajo. Como era pequeño, dentro del agujero se puso a llorar y unos policías lo oyeron y rompieron la tapa del agujero para sacarlo.

A mí no me tiraron a la basura cuando nací, pero eso es porque cuando era pequeño sí me querían y ahora, ya grande, no me pueden tirar porque no quepo.

Luego después hablaron de un narcotraficante que se había escapado de la cárcel en México por otro agujero, pero este era un túnel que habían hecho sus amigos para sacarlo, y era grande y con luz y todo, tan grande que no había que agacharse, y la policía a este no le había encontrado aunque lo buscaron mucho. En cambio, al niño del agujero pequeño, aunque no lo buscaban lo habían encontrado enseguida. Eso debía ser porque era un niño y lloraba, el narcotraficante seguro iba muy callado y descalzo para no hacer ruido. Además, como sus amigos le habían puesto luz en el túnel, no daba miedo y no había que llorar.

Yo a la policía la he visto una vez, eran muy majos. Yo me había escapado de casa y me encontraron por la calle y me trataron bien pero, como llamaron a mi madre y les dijo que yo era muy travieso, a mí no me preguntaron por qué me quería ir ni nada y me volvieron a traer a casa. Cuando se fueron, mi madre me dijo que ya se iba a ocupar ella de que no se me volviera a ocurrir escaparme y dejó a mi hermana berreando en la cuna y me empujó a mi cuarto para ocuparse. Pero es que la policía no se dio cuenta de que no me querían, porque mi madre les decía cosas simpáticas y les sonreía mucho y no les dijo que tuvieran ganas de tirarme a la basura del agujero ni nada. Así que yo creo que, si no te han tirado a la basura del agujero de pequeño, y ahora ya eres grande y no cabes, si quieres que la policía te encuentre en un agujero y te lleve con una familia nueva que te trate bien, tienes que cavarlo tú, y no hace falta que le pongas bombillas.

Esta noche voy a empezar a cavar en el patio, donde no se vea, para llevarme a la canija y que la policía nos encuentre a los dos, antes de que a ella, que sí que cabe en una mochila, la tiren a la basura y le encuentren una familia buena para ella sola y yo me tenga que quedar sólo y con la mala.

Relato publicado en la Revista Eñe digital el 11 de septiembre de 2015:

http://revistaparaleer.com/participa/vida-bajo-tierra-por-ana-gonzalez/

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Los relatos

El bando equivocado

La guerra empezó en el pueblo vecino, Olafría, y los bandos eran claros: los buenos y los malos. Pero, como no se ponían de acuerdo en quienes eran los unos y quienes los otros y no podían perder tiempo de pelea por esa menudencia, decidieron asignarse unos colores: el verde del campo y el azul del mar, que eran los colores más fáciles para ellos.

A Peraleda los bandos llegaron ya hechos. Iván y Raúl optaron por el de sus primos de Olafría, que no podía ser otro que el azul. La batalla se inició en cuanto cada peraledano decidió en qué bando se sentía más identificado.

Raúl e Iván peleaban bien, y sin descanso, como sólo se pelea cuando uno está seguro y orgulloso de lo que defiende.

Como resultó que, al llegar la noche y a pesar de las bajas, en Peraleda la contienda estaba aún sin resolverse, llegaron refuerzos para los dos bandos. Iván y Raúl comprobaron atónitos cómo sus primos olafrudenses combatían bajo el estandarte verde.

El estupor les duró tres segundos, justo lo que tardaron en cruzar sus miradas, encojerse de hombros y dirigir sus pasos, con las armas empuñadas, hacia sus primos de verde.

Sí, claro, eran de la familia, pero habían elegido el bando equivocado.

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Sarah Colman

Lucas Colman fue músico antes de saber que lo era. Aprendió a tocar viendo y oyendo a su padre hacerlo todas las noches. Cuando Lucas se convirtió en padre quiso ser como el suyo. Cada noche ensayaba en el cuarto de su hija. Mientras, ella escuchaba, soñaba, estudiaba, incluso se acostaba, y dormía. Así creció Sarah, aunque ella nunca aprendió a tocar.

A Lucas también le gustaba hablar y en los pequeños descansos de los ensayos, contaba a Sarah historias del tiempo en que él y su amigo Martín eran músicos reconocidos entre los grupos de jazz universitario. Martín y Lucas fueron inseparables durante años. Su mejor amigo, seguía diciendo Lucas, alguien con quien siempre se podía contar. Quizá el único.

Ahora Lucas tocaba en la banda de música local y lo último que supo de Martín es que alguien le había visto tocar en la banda de la Taberna del Escocés, a cientos de kilómetros de su casa, pero Lucas ni siquiera sabía si eso era cierto.

John, el otro trompeta de la banda local, tenía un garito en el que tocaba cada noche y le pedía a Lucas que tocara con él, pero a Lucas le parecía que su época de tocar en clubes nocturnos ya se había terminado, y siempre se negaba. Hubo un cambio en el gobierno municipal y eliminaron el presupuesto para bandas de música. Del todo. Y a Lucas Colman se le acabó el mundo. Se encerró en casa. Y pasaba horas pegado a su trompeta. Sarah estaba contenta, siempre le había gustado oír a su padre, y ahora lo hacía a todas horas. Pero al pasar los días las melodías se volvieron tristes, muy tristes. Una noche John se presentó en casa y consiguió convencer a Lucas de que tocara con él en el Millie’s Club, su garito. Y desde entonces todos los jueves, viernes y sábados Lucas y John tocaban juntos. Sarah no se perdía una actuación. Llegaba al club a media tarde para los ensayos y salía de allí con su padre, cuando terminaban. Sarah tenía catorce años.

John comenzó a acercarse a Sarah, a hablar con ella. Para entretenerla mientras esperaba a su padre, decía. Y había días que Lucas terminaba tocando solo mientras John conversaba con Sarah. A veces John pedía una pinta para ella, a Sarah no le gustaba beber, pero si John que era tan bueno decía que no pasaba nada… Un día John se empeñó en llevar a casa a Sarah antes de que el local se vaciara, antes de que Lucas terminara su actuación. A Lucas no le terminó de gustar la idea pero pensó que algo de razón tenía John: era ya tarde para que la chica deambulara por la calle. John dijo: enseguida vuelvo Lucas, la dejo en casa y vuelvo, tú espérame aquí. Y Lucas esperó, tocando, hasta que el local se vació… y un poco más. John llegó tarde, tranquilo. Bonita hija, dijo tan sólo. Cuando Lucas llegó a casa Sarah ya estaba dormida, en su cuarto. Y él se acostó. Al día siguiente Sarah no quiso volver al Millie’s, ya no fue más. Y, después de tres meses de no oír la trompeta de su padre, Sarah se fue. Sin dejar ni una nota.

Sarah buscó La Taberna del Escocés, cuando la encontró su vientre ya estaba abultado.

– ¿Martín Longman?

– ¿Quién le busca?

– Soy Sarah Colman.

– Espera un momento.

El Escocés se acercó a la banda y susurró algo al oído del trompetista, él vino hacia Sarah.

– ¿Sarah?

– Sí, Sarah Colman.

– ¿El Colman de Lucas Colman?

– Sí, es mi padre.

– Ven conmigo.

Martín acompañó a Sarah a una mesa. El Escocés no pudo escuchar la conversación pero Martín terminó levantándose a hablar con él.

– Necesito que la contrates.

– ¿Que la contrate de qué?

– De camarera.

– No jodas, ¿no la ves?, está preñada, no puedo ponerla a servir whiskys.

– No me jodas tú, Escocés, algo habrá que pueda hacer. No la puedo dejar tirada.

Así empezó Sarah a limpiar la Taberna, cada día, aunque al recorrer los baños tuviera que vomitar, también cada día. Eso sí, conseguía disfrutar a solas de la música de Martín, que ensayaba un rato antes de abrir. Su padre tenía razón, al oírle tocar el mundo parecía desaparecer. Y eso a Sarah le venía muy bien.

De eso hace seis meses, ahora Sarah ya sirve whiskys, aunque sigue limpiando el local. Una curiosa camarera demasiado joven, demasiado guapa y hasta demasiado triste para ese local.

Pero ya no es Sarah lo más curioso que hay en La Taberna. Hace unas semanas que algunos parroquianos sostienen que en el pequeño almacén de detrás de la barra hay escondido un gato, ellos juran que lo oyen maullar, con ese agudo maullido que tienen los gatos que parece un llanto de niño. El Escocés dice siempre que son tonterías, pero Sarah, por si acaso, entra a menudo a comprobar. Y, como si fuera magia, en cuanto Sarah entra en el almacén el gato se calla. Y a Sarah se le dibuja una media sonrisa… que se borra en cuanto sirve el siguiente whisky.

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