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Puestos a elegir

Está claro que las declaraciones de Donald Trump en su carrera por conseguir el gobierno del país más poderoso de la tierra ya no sorprenden a nadie. Tras crear en los últimos días cierta expectación con su ambigüedad al manifestar su opinión sobre la limpieza de los procesos electorales en los Estados Unidos y su aceptación o no del resultado del que va a celebrarse el próximo martes 8 de noviembre, se ha aprestado a disipar todas las dudas al declarar su clara intención de respetar ese resultado… si es él el ganador.

Obviando el “pequeño detalle” de que las responsabilidades del puesto al que aspira no admiten bromas, tontería más o tontería menos en este señor ya ni siquiera nos produce sorpresa. Son cosas de Trump que ya no van a variar la consideración que cada uno tiene de él, cosas de Trump y ya, ahí se quedan, porque, después de una vida expuesta a los medios de comunicación, acreditada está su falta de respeto hacia todo lo que no le gusta, sean gobiernos, actitudes, objetos o personas (la diferencia entre estas dos últimas opciones no parece además algo que él quiera tener muy claro). Un perfil que no parece casar con un régimen democrático basado en la igualdad de derechos individuales con independencia de la procedencia, sexo, credo u opinión de cada uno. Resulta difícil creer que vaya a amparar esa igualdad alguien cuyo espíritu democrático alcanza solo hasta el provecho de la oportunidad de presentarse a unas elecciones. Él seguro defiende su ampliamente democrática personalidad, aunque en realidad sea bastante parcial al concretarse en una defensa a ultranza del derecho a la igualdad y a la manifestación de las opiniones de cada cual… siempre que sean las opiniones y colectivos adecuados.

Hay una clara similitud entre la democracia parcial y la dictadura. En todas estas se suele defender la existencia del derecho a la manifestación de opiniones, aunque ese derecho suela concretarse en una libertad total de expresión de opiniones… siempre que sean acordes con el régimen imperante. El disfrute del derecho es infinito, sin ninguna cortapisa… si lo que vas a exponer es acorde con quienes manejan el cotarro. Al final parece que en estas digamos democracias parciales tus derechos democráticos dependen de la suerte. Si  la tienes y perteneces a los colectivos que el régimen ampara y tus opiniones son coincidentes (siempre que actúes y vivas sin mirar a tu alrededor, claro) lo haces sin grandes problemas.

En estos últimos meses de incertidumbre política ha pasado a ser habitual el que los comentarios sobre las opciones que no compartimos incluyan una descalificación. Supongo que, como todos pensamos que nuestra opción ideológica es la más sensata, la más inteligente, lo siguiente es pensar que los que no votan como nosotros o no son tan sensatos e inteligentes como nosotros o no lo han pensado bien, así que todos aquellos a los que les ha dado por votar (a la ligera, claro, que si lo hubieran pensado lo habrían hecho bien) a otro partido diferente del que a nosotros nos gusta no pueden ser más que inconscientes, si no lo han pensado bien, o tontos perdidos, por haberlo pensado y a pesar de eso haberlo hecho así de mal. Y ya está, no solo lo pensamos sino que, con la mayor naturalidad, lo soltamos a quien nos quiera oír. Hay quién da un paso más y llega a la verdad absoluta de que el único voto respetable es el coincidente con su ideología, pero eso sí, desde el más absoluto espíritu democrático.

El último en soltar una perla así ha sido un exjuez muy mediático para su profesión que anda promocionando un libro de memorias. El periódico publicaba esta semana una entrevista en la que, a la pregunta ‘Gürtel’, Púnica, Taula… pero el PP gana las elecciones, este antiguo juez respondía: Esa es una de las grandes contradicciones sobre las que algún día tendremos que reflexionar en España. Yo no las puedo comprender ni las puedo aceptar. Respeto que cada uno vote a quien quiera votar pero eso no quiere decir que sea correcto. No es correcto votar a quien no es transparente, a quien no favorece un gobierno limpio, decente. 

No puedo aceptar, no es correcto votar… ¿está tan lejos de lo que dice Trump?

El espíritu democrático que inspira estas declaraciones ¿no es un poquito parcial?

La democracia es un régimen político que hay que currarse.  Tanta descalificación y falta de respeto a la opción adversa parece una señal de que hay quienes quieren dejar de esforzarse por ella para optar por parcialidades democráticas a medida.

Cada quien tiene derecho a concentrar sus esfuerzos donde le plazca pero la historia nos avisa de que las decisiones sobre qué parcialidad democrática concreta se aplica a un país se toman más con puñetazos y balas que con votos. Y los votos tendrán sus defectos pero puestos a elegir…

Imagen destacada: Urna, de·júbilo·haku·, vía flickr.

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Discutir lo normal

Estamos asistiendo en estos días a la práctica disección de las relaciones entre los miembros de una familia. Con la hija mayor desaparecida, los padres en sus declaraciones han pasado de manifestar que en su familia se discutía lo normal en una familia con hijos adolescentes a poner en palabras su reacción ante la orden judicial de retirada de custodia de la madre sobre la hija menor. Un hecho que ya de ningún modo podría calificarse como normal.

Discutir lo normal ¿eso qué es?

Cierto es que la convivencia en cualquier grupo humano conlleva una continua adaptación entre miembros con actitudes y opiniones diferentes que producen roces que hay que ir puliendo. Y se discute, sí, intercambiando puntos de vista con el fin de alcanzar un objetivo común que puede ser tan simple como la convivencia en paz. Se discute para alcanzar la paz, el acuerdo, un objetivo común. Y cuanto más vehementes sean los miembros del grupo, por carácter o edad, por mucho que estén de acuerdo en su objetivo final común, más se discute. Lo normal. Un grupo solo puede definirse como tal si todos los miembros comparten un objetivo, aunque este no se verbalice, pero es imprescindible su existencia. Las discusiones, las normales, van encaminadas a ese objetivo final y construyen grupo.

Luego hay otras discusiones, las que derivan en enconadas disputas o en meros enfrentamientos gratuitos, que no van a ningún sitio y solo deterioran la relación. Estas también salpican de vez en cuando nuestras relaciones y podemos aprender a vivir con ellas, pero eso no puede hacer que las consideremos normales, porque no lo son. En ocasiones, cuando se repiten, no son más que síntomas de que el grupo, como tal, se está rompiendo y continuar en él puede ser perjudicial para sus miembros (más si son menores).

Es perturbador formar parte de un grupo que está dejando de serlo, cuando las discusiones son siempre disputas pero, siendo menos llamativo, es igual de inquietante cuando las discusiones son sustituidas por silencio. La ausencia total de discusiones es la señal de que el objetivo común que se perseguía y hacía a cada miembro pelear por él a su manera, ha dejado de mover los hilos del grupo y ya nadie aspira a alcanzarlo. El silencio, ese momento en el que ya no se discute lo normal, es el fin.

Es difícil dar el salto y abandonar un grupo aunque todos los miembros sepan que ya no existe. Somos seres sociales y, para sentirnos acompañados, es fácil elegir mantener la ficción de la pertenencia a un grupo con tal de no asumir nuestra soledad. Y el grupo parece no romperse, pero ya está roto.

Al inicio de este verano elegimos a unos cuantos cientos de personas para el mandato de conseguirnos un gobierno estable. Todos ellos se constituyen en varios grupos, políticos, y en su conjunto se sientan en unas instituciones que, con el nombre de Congreso de los Diputados y Senado, les permiten sentarse juntos a discutir sus cositas con la idea final de gobernarnos. Desde diciembre a junio hubo un goteo de noticias sobre los posibles pactos, declaraciones de políticos, descalificaciones de uno a otro, o de uno a varios, propuestas insensatas, propuestas sensatas pero imposibles… de todo. Pero llegó el verano y cayó el silencio.

Lo que podía preverse como un intenso verano de deliberaciones entre los distintos partidos ha quedado en nada, un acuerdo de investidura entre dos únicos partidos que no ha costado más de ocho o diez días de conversaciones y un debate de investidura final con modos de representación teatral. Y, entre tanto, silencio.

Cuando el silencio invade un matrimonio, una familia, una panda de amigos, un equipo de trabajo… la deriva lógica es su ruptura, la separación de sus miembros.

Pero el silencio que invade las relaciones entre nuestros políticos ¿a dónde nos lleva?

El tiempo pasa y cualquier opción de futuro parece factible pero, más allá de la absurda idea de tener que votar el día de Navidad, lo verdaderamente preocupante es el silencio. Imposible alcanzar ese objetivo, que debería ser común, de la gobernabilidad de nuestro país si no se ponen todos a discutir cuanto antes. Sin contiendas pero sin silencios. Solo discutir, lo normal.

 

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No tenéis ni idea

En diciembre del año pasado, tras unos resultados electorales que respondían a los que los medios de comunicación preveían, y que podrían resumirse en un “va a haber que pactar”, los líderes políticos empezaron sus conversaciones… sin llegar a ningún pacto definitivo que permitiera formar gobierno. En junio volvimos a tener elecciones y, tras unos resultados que, en general, volvían a responder a los que los medios de comunicación preveían, y que podrían resumirse en un “también va a haber que pactar” los líderes políticos volvieron a empezar sus conversaciones… hasta hoy.

Por lo que yo escucho y leo, la lista de culpables de esta situación para el sector mayoritario de la población se limita a esos “líderes” con una discutible capacidad de liderazgo y una mermada capacidad de diálogo. El acuerdo es prácticamente unánime en culpar a los políticos, aunque en función de la ideología propia, la cuota de responsabilidad se asigna en mayor medida a los de ideología menos afín disculpando a quienes en teoría defienden conceptos coincidentes con los nuestros. Pero quizá como electores nos está fallando la capacidad de autocrítica y no estamos prestando atención a la situación real.

Comparados con los más de treinta y seis millones de electores, la clase política representa una proporción mínima. ¿Y ellos pocos van a ser culpables de todo? Por favor…

Estamos viendo como problema básico el que ellos no sepan convertir el resultado de unas elecciones legítimas en un gobierno estable, pero lo verdaderamente gordo es que los más de treinta y seis millones de electores no sepamos votar y no dejemos de hacerlo mal.

La repetición de elecciones en el último mes de junio no puede responder al fracaso de una clase política (si así fuera, habría de considerársela absolutamente impresentable, al menos para otras posibles elecciones, y eso no es hipótesis factible). La repetición de elecciones fue una clara concesión de nuestros compasivos líderes que, conscientes de nuestras limitaciones como electores, nos dieron una segunda oportunidad. Ellos saben que no sabemos votar, no lo hacemos bien, votamos a quien, de acuerdo con nuestra ideología, afinidades, simpatías o hartazgos, nos conviene. Así, a nuestro libre albedrío, como si supiéramos hacerlo, y no nos sale, por eso no hay gobierno.

No nos salió en diciembre, y nuestros ecuánimes líderes hubieron de alcanzar el compasivo acuerdo tácito de pasar por encima nuestras carencias y concedernos una segunda oportunidad. Pero la hemos desaprovechado y lo hemos vuelto a hacer mal.

Y ahí los tenemos, por un lado intentando dar la sensación a la prensa internacional de que van a hablar entre ellos de techos de gasto, presupuestos, políticas sociales, financiación autonómica, política fiscal, desafíos independentistas… nimiedades, para desviar la atención de su verdadera lacra: tener tanto elector inútil.

La cuestión clave a decidir ahora no es otra que optar entre hacer un apaño de legislatura con este resultado extraño que les hemos entregado con nuestra incompetencia como votantes o volver a comportarse como padres pacientes, abnegados y protectores y darnos una tercera oportunidad. Pero para eso tendrían que tener garantías de que, de aquí a noviembre, ya nos habremos conseguido coscar de su mensaje y habremos asumido que, como votantes, no tenemos ni p.. idea, para que nuestro propósito de enmienda les asegurara un resultado facilito que no requiriera esfuerzo negociador por su parte.

Y el caso es que yo no lo veo, la gente se acostumbra a votar libremente enseguida y en unas pocas décadas ya se crecen, se sienten fuertes y seguros y votan como si supieran. Creo que va a ser mejor que se apañen con lo que tienen ahora, no sea que nos dé por votar  incluso peor y terminen teniendo que jugarse a los chinos hasta su asiento en el Congreso.

Imagen destacada: Agencia Efe vía 20minutos.es http://www.20minutos.es/noticia/2782088/0/elecciones-generales-2016-directo/

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