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Al sol y al agua

Sentada sola en la playa sobre la arena fría en la bajamar miraba el pequeño bamboleo del agua. El sol, indeciso, quería asomarse por el horizonte y apenas dos gaviotas se atrevían a cortar el silencioso estreno de la mañana.

A primera vista desde el paseo marítimo su presencia parecía el centro de una postal con una escena idílica en la playa. Los colores, la luz… A ella se le veía serena, se diría feliz, con la vista fija en los primeros rayos. Apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados en sus rodillas y la dejó descansar unos minutos. Al levantarla, no pudo evitar gritarle al sol toda su angustia: no salgas aún, no salgas.

Allí sentada, sola, frente al mar, sin mover más músculo que el corazón, estaba huyendo. La tarde anterior, cuando ese mismo sol que ahora iba a salir pugnaba por esconderse, le había hecho un juramento: no volverás a salir sin que yo haya puesto fin a esto. Pero, en vez de dirigirse a casa a ejecutar su propósito, se quedó en la playa, sentada, sola, reuniendo fuerzas.

Años atrás había decidido que, ya que no iba a poder escapar de ella, al menos sería la única persona a quién doliera su vida. Y empezó a vivir dos versiones, la real y la visible. Y a todo el mundo pareció valerle. El plan se mostró imperfecto cuando llegó a necesitar alguien con quien compartir su verdad pero, por no estropear su primera decisión, eligió como confidentes solo al sol y al agua. Al sol porque sentía que, por mucho que le pesara lo que ella le contara, jamás produciría ningún efecto, su ritmo de salida, de subida y de bajada no se alteraría y eso, sorprendentemente, le daba seguridad. Que el horror no hiciera mella más que en ella. Y el agua por lo contrario, por su continua alteración, por su rápido efecto de inundarlo todo. Si quieres deshacerte de algo, escúpelo al agua, a las malas te lo devolverá enseguida pero limpio, mojado, inundado, a las buenas se lo llevará o lo diluirá, para siempre.  Hablarle al sol o sumergirse en el agua fueron sus terapias. Y sobrevivió, hasta ayer. Una pequeña línea azul horizontal en un test desbarató su proyecto de vida.

El sol iba a salir. Ya no había tiempo, tenía que dejar de huir.

Alba se levantó, desperezó huesos y músculos y se detuvo un momento a apreciar el roce de la arena en sus pies. Se concentró en esa sensación mientras, paso a paso, se acercaba al agua. Para cuando sus dedos se humedecieron ya había logrado respirar y caminar con la misma cadencia regular. Sin modificarla siguió moviéndose: inspirar, expirar, inspirar, expirar, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho… inspirar, expirar…

Sintió un pequeño escalofrío cuando el agua fría mojó su vientre pero para entonces sus movimientos eran tan automáticos que no se alteraron. Al saborear el salitre cerró los ojos y siguió moviendo sus pies: derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, inspirar, expirar, inspirar, expirar, inspirar.

 

 

Imagen destacada: foto original de Marcos Chicharro.

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Es Navidad

Es Navidad, le dijeron esta vez. Mirándolo a los ojos, con una sonrisa en el rostro y un gesto rápido elevando los hombros y abriendo las manos. Es Navidad, como buena razón.

Cada viernes desde hace dos meses acudía a la oficina de Correos a interesarse por la llegada de un paquete que, desde su lejano país, prometieron enviarle sus afectos. Cada viernes paseaba desde el Centro hasta la oficina, saludaba y preguntaba ¿hay algo para Dionisio Morales? y el empleado de turno, después de consultar sus registros, contestaba, sin apenas levantar sus ojos de la pantalla: No, no hay nada. Siempre igual, viernes tras viernes.

La víspera de Nochebuena cumplió con su rutina semanal entrando en la oficina, saludando y preguntando lo de siempre, pero ese día obtuvo una respuesta diferente: No, no hay nada, es Navidad, ya sabes… Y a la frase le acompañaba una mirada directa a los ojos, una cálida sonrisa y ese gesto cordial de elevar los hombros mientras se abren las manos. Es Navidad, ya sabes…

Él no sabía, pero le gustó el cambio en la respuesta.

Hoy es martes, la Navidad pasó sin más excepción que una comida especial en el Centro y una llamada apresurada a esa familia que asegura haber enviado el paquete ya hace dos meses. El paseo de los martes nunca termina en Correos, escuchar ese No, no hay nada se le hace demasiado duro para repetirlo todos los días y prefiere tener esperanzas de lunes a jueves y solo dejarlas morir el viernes. A pesar del calendario, sus pasos le llevan hacia la oficina. Abandonada la esperanza de recibir su paquete, ha sido sustituida por otra.

Quizá hoy también toque recibir esa mirada directa, esa cálida sonrisa y ese gesto cordial. Quizá, quién sabe. Habrá que probar por si acaso.

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Vida bajo tierra

Salió en las noticias. En un pueblo de Madrid habían tirado un niño a la basura. Al principio la noticia daba miedo pero, cuando la oías entera, lo que daba era envidia. El niño era muy pequeñito y lo habían tirado, dentro de una mochila y con un biberón, en una papelera que tenía un agujero debajo. Como era pequeño, dentro del agujero se puso a llorar y unos policías lo oyeron y rompieron la tapa del agujero para sacarlo.

A mí no me tiraron a la basura cuando nací, pero eso es porque cuando era pequeño sí me querían y ahora, ya grande, no me pueden tirar porque no quepo.

Luego después hablaron de un narcotraficante que se había escapado de la cárcel en México por otro agujero, pero este era un túnel que habían hecho sus amigos para sacarlo, y era grande y con luz y todo, tan grande que no había que agacharse, y la policía a este no le había encontrado aunque lo buscaron mucho. En cambio, al niño del agujero pequeño, aunque no lo buscaban lo habían encontrado enseguida. Eso debía ser porque era un niño y lloraba, el narcotraficante seguro iba muy callado y descalzo para no hacer ruido. Además, como sus amigos le habían puesto luz en el túnel, no daba miedo y no había que llorar.

Yo a la policía la he visto una vez, eran muy majos. Yo me había escapado de casa y me encontraron por la calle y me trataron bien pero, como llamaron a mi madre y les dijo que yo era muy travieso, a mí no me preguntaron por qué me quería ir ni nada y me volvieron a traer a casa. Cuando se fueron, mi madre me dijo que ya se iba a ocupar ella de que no se me volviera a ocurrir escaparme y dejó a mi hermana berreando en la cuna y me empujó a mi cuarto para ocuparse. Pero es que la policía no se dio cuenta de que no me querían, porque mi madre les decía cosas simpáticas y les sonreía mucho y no les dijo que tuvieran ganas de tirarme a la basura del agujero ni nada. Así que yo creo que, si no te han tirado a la basura del agujero de pequeño, y ahora ya eres grande y no cabes, si quieres que la policía te encuentre en un agujero y te lleve con una familia nueva que te trate bien, tienes que cavarlo tú, y no hace falta que le pongas bombillas.

Esta noche voy a empezar a cavar en el patio, donde no se vea, para llevarme a la canija y que la policía nos encuentre a los dos, antes de que a ella, que sí que cabe en una mochila, la tiren a la basura y le encuentren una familia buena para ella sola y yo me tenga que quedar sólo y con la mala.

Relato publicado en la Revista Eñe digital el 11 de septiembre de 2015:

http://revistaparaleer.com/participa/vida-bajo-tierra-por-ana-gonzalez/

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El bando equivocado

La guerra empezó en el pueblo vecino, Olafría, y los bandos eran claros: los buenos y los malos. Pero, como no se ponían de acuerdo en quienes eran los unos y quienes los otros y no podían perder tiempo de pelea por esa menudencia, decidieron asignarse unos colores: el verde del campo y el azul del mar, que eran los colores más fáciles para ellos.

A Peraleda los bandos llegaron ya hechos. Iván y Raúl optaron por el de sus primos de Olafría, que no podía ser otro que el azul. La batalla se inició en cuanto cada peraledano decidió en qué bando se sentía más identificado.

Raúl e Iván peleaban bien, y sin descanso, como sólo se pelea cuando uno está seguro y orgulloso de lo que defiende.

Como resultó que, al llegar la noche y a pesar de las bajas, en Peraleda la contienda estaba aún sin resolverse, llegaron refuerzos para los dos bandos. Iván y Raúl comprobaron atónitos cómo sus primos olafrudenses combatían bajo el estandarte verde.

El estupor les duró tres segundos, justo lo que tardaron en cruzar sus miradas, encojerse de hombros y dirigir sus pasos, con las armas empuñadas, hacia sus primos de verde.

Sí, claro, eran de la familia, pero habían elegido el bando equivocado.

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