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El perfil

Desde el principio de los tiempos a los humanos, a cada uno de nosotros, se nos ha identificado por nuestra imagen, por lo que otros perciben de nosotros con cualquiera de sus cinco sentidos. Nuestro rostro, la configuración de nuestro cuerpo, nuestro ritmo al caminar, el timbre de nuestra voz, las inconfundibles formas que trazamos al dibujar nuestras letras, el tacto de nuestra piel, el olor de nuestro pelo, el sabor de nuestros besos, cada uno de esos detalles permite, a los que nos conocen, reconocernos y, a los que no nos conocen, hacerse una idea de cómo somos. Hay un carácter detrás, una forma de ser, pero nos identificamos antes por lo que se ve que por lo que se ha de intuir. Nuestro cuidado personal, además de su finalidad higiénica y de mantenernos a salvo de infecciones, suele trascender hacia la atención de la imagen que queremos que los demás reciban de nosotros. Somos lo que somos y lo que nosotros añadimos con nuestros cuidados. El perfume que decidimos echarnos, el peinado que elegimos o la ropa que llevamos ofrecen a los demás datos de cómo somos o, al menos, de cómo queremos que se nos vea.

En el mundo digital los humanos, pero también las empresas, los gobiernos, los centros educativos y cualquier tipo de entidad con presencia en redes, somos un perfil conformado por nuestra información, actitud e imágenes. Un perfil que, como nuestra imagen en el mundo real, también hay que cuidar.

Un perfil con nuestra verdadera identidad. Pero ¿cuál es esa? Entendiendo por verdaderos aquellos que no contienen mentiras, todos podemos tener un sinfin de perfiles que, sin dejar de ser verdaderos, pueden ser muy diferentes unos de otros. Por mucha información e imágenes que compartamos nuestros perfiles en redes nunca muestran más que una pequeña parte de nosotros, la que nosotros decidimos compartir. Quizá en las webs de búsqueda de empleo la simple concatenación de datos veraces sí nos otorga un perfil verdadero y único pero en aquellas redes en las que se comparte información más personal ¿cuál es nuestra identidad real?

Podemos pensar que si compartimos nuestra información, imágenes y sentimientos con naturalidad la imagen que se construya siempre va a ser la nuestra, la de verdad, pero en la práctca algo tan simple como la hora en la que habitualmente se comparta la información puede transmitir una idea diferente del carácter de alguien: si solo comparto información a última hora del día, ya cansado, es muy probable que dé una imagen de persona más triste y frágil que si comparto mis pensamientos a primera hora del día recién duchadito, bien descansado y con un café humeante en la mesa. Sin mentir tampoco, con las imágenes, es fácil oscilar de feo a guapo, gordo a delgado, moreno a blanquito… solo eligiendo bien las fotos, o los filtros.

No es algo exclusivo de las redes sociales porque ¿no pasa también en la realidad? Cada uno, al menos los adultos, tenemos un carácter y una imagen ya formados, pero se manifiestan de forma diferente en distintos ámbitos. No siempre coincide nuestra forma de ser en el trabajo, en la familia o en la calle ¿somos menos veraces entonces?

Creo que en cada grupo social hay un reparto de papeles y no siempre el que elegimos, o nos toca, es el mismo en todos nuestros grupos ¿no es verdad que podemos ser líderes en el trabajo, gregarios en pareja, alegres en familia, opacos en la oficina, tímidos en un congreso, sociables en una junta de vecinos, distantes en el metro, cercanos en una fiesta… sin dejar de ser los mismos? La imagen que transmitiríamos según qué rol de los anteriores prime en la información que compartimos sería diferente sin dejar de ser real. Habrá por tanto que controlar qué imagen queremos dar.

Es importante, sobre todo en los adolescentes que se inician en este mundo, ser capaces de ver los perfiles desde el otro lado, aprender a ver si la imagen que estamos transmitiendo es la que nosotros queremos ofrecer. Verdadera o falsa es nuestra carta de presentación en un mundo digital del que cada vez va a ser más difícil huir.

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De la sensibilidad y el tamaño

No dejamos de asistir a linchamientos mediáticos. Basta darse un paseo por las redes sociales para comprobar que el mero hecho de compartir un detalle en una de ellas, por mínimo que sea, puede convertirse en fácil excusa para que la gran masa ciber realice un ejercicio práctico de linchamiento inmisericorde. Y hace pocos días hemos conocido cómo uno de ellos ha terminado en suicidio. No es el primero.

Parece claro que cualquier persona cabal aberra de estos hechos pero, por mucho que los cabales supongan mayoría, el efecto amplificador de las redes hace que lo malo pese siempre más que lo bueno. ¿Y por qué? Porque los “buenos” no hacemos nada.

Las últimas tendencias para afrontar los casos de acoso escolar en los colegios, basadas en el método KIVA implantado en los coles finlandeses, cambia el foco de actuación de las estrategias para combatirlo y lo fija en los espectadores, en esos niños que no acosan ni sufren el acoso pero son espectadores silenciosos. En movilizar a estos espectadores y convertir ese silencio en un posicionamiento claro de apoyo a las víctimas se basa el espíritu del exitoso método. Son niños, muy vulnerables pero también aún plásticos y permeables a nuevas actitudes, y el acoso que se combate ocurre en colegios, lugares reales en los que las interacciones se realizan dando la cara, pero la filosofía del sistema parece aplicable a cualquier tipo de acoso.

¿Qué pasa en las redes sociales? La mayoría de los usuarios son adultos y la nube es un fácil no-lugar en el que se puede tirar la piedra y esconder la mano, pero también hay víctimas, acosadores… y millones de testigos silenciosos. Quizá la solución del problema sea imposible si no pasa por la movilización y el claro posicionamiento de los espectadores, de esas decenas de millones de usuarios de las redes.

Estudio aparte merece el sentimiento de íntima ofensa personal que obliga a manifestar su reprobación ante conductas y opiniones y su fácil nacimiento en algunas personas. Quizá el que vivamos esa no-vida de redes sociales en artefactos de nuestra propiedad puede convencernos erróneamente de que todo lo que pasa en ellas nos pasa a nosotros, que cada tuit o publicación en cualquier plataforma nos está dedicado expresamente y por eso ha de provocarnos alguna reacción, entre ellas la de ofendernos si lo publicado no está de acuerdo con nuestras actitudes y pensamientos ¿Por qué si no tanta respuesta iracunda a cuestiones que ni nos van ni nos vienen?

Pero no solo ocurre en las redes. El sentir que una mujer bañándose en burkini o en topless en una playa me ofende a mí que me baño a pocos metros de allí es algo parecido, que un beso o un gesto de cariño entre dos personas adultas ante mí me reta a manifestar mi opinión sobre la “licitud” de su relación, que unas rastas, un pelo engominado, una voz aflautada, una nariz grande, un cuerpo menudo, un color de piel, un acento… que cualquier detalle personal de la gente que me rodea me está dedicado para que yo manifieste mi sentimiento ante ello… ¿no es lo mismo? ¿de dónde nace esa necesidad de sentirnos ofendidos? ¿de dónde el sentir que cualquier entendido defecto o error de los demás ha de ser rápidamente señalado y censurado? En las redes es mucho más sencillo al asumirse menos riesgos que en la realidad, por ello es más visible, pero en la vida real también ocurre.

Tal vez la razón no sea más que haber equivocado el enfoque al entender el mundo digital, que esa apertura al mundo que nos permiten las redes sociales y la ingente información a nuestro alcance con solo un par de clicks, en vez de hacernos sentir una mera gota en un ingente océano, nos ha convencido de lo contrario, nos ha hecho creer que somos el centro de un mundo mucho más grande, y deducir que ,si el mundo ha crecido, nosotros, cada uno de nosotros, como centro, hemos pasado a ser lo más importante del universo y que esa posición de reinado absoluto nos da derecho a impartir “justicia” a diestro y siniestro.

En ocasiones nos parece vivir en un mundo insensible ante los demás, pero no es cierto. Estamos rodeados de gente sensible, muy, muy sensible, a la diferencia, al detalle, a la debilidad, muy, muy sensibles, pero no para comprenderlo, como sería de desear, sino para señalarlo, advertirlo, censurarlo y machacarlo.

Como ombligos del mundo no podemos permitir ningún defectillo en él, no sea que nos veamos obligados a mirarnos a nosotros mismos y encontremos algún otro. Eso nos haría caer de nuestro trono y asumirnos como una infinitésima parte de un universo imperfecto. Menudo chasco.

Imagen destacada: Galaxia de Andrómeda (M31): “The heat is On in Andromeda’s Center”. Smithsonian Institute, via flickr.

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