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Otro cúmulo de errores

La corrupción vuelve a copar las portadas de los periódicos. En uno de ellos se leía hace unos días cómo uno de los implicados en el último caso en saltar a la prensa manifiestaba no haber cometido ningún delito “al menos conscientemente”, se deduce por tanto que, si el juez termina por decidir que sí lo cometió, sería fruto de un error.

Quizá también sean fruto de errores los casos Nóos, Gürtel, Palau, Palma Arena, Púnica… Los cobros de comisiones, los contratos amañados, los pagos indebidos, las ganancias ilícitas… errores, todo errores. Error también, el de muchos de los implicados al pensar que estaban por encima de la ley…

Error seguro el trato que cada partido político ha dado a los casos de corrupción que afectaban a sus cargos electos. Error el que no haya habido relevo en los puestos ejecutivos de los partidos por personas con trayectoria limpia. Error el que no surjan alternativas “limpias” de todas las ideologías y haya millones de personas que, ante unas elecciones, se vean abocadas a quedarse en casa o a votar a partidos manchados por múltiples casos de corrupción.

Error tras error…

 Y, quizá el mayor de todos, el de pensar que el enorme deterioro en la confianza depositada en los partidos tradicionales no va a ser aprovechado por otros en su propio beneficio. Ahora somos un país frágil en la confianza en nuestro sistema y cualquier manipulador que se precie sabe que una persona frágil es muy fácil de manipular. Cada nuevo error que sale a la luz hace que, los que seguro nos acechan, se froten las manos de satisfacción.

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Pasar página

Los avances tecnológicos en las telecomunicaciones en los últimos años han dado un vuelco a la forma en la que recibimos la información del mundo que nos interesa.

Recuerdo mis primeras lecturas de periódicos. Mi padre lo traía al volver del trabajo y, salvo que lo pillara mientras él comía, había de esperar para leerlo a que él le dedicara su tiempo en la sobremesa. Él hacía una lectura completa, sosegada. Yo normalmente también. El reparto de las imágenes que salpicaban el periódico seguro estaba bien calculado: una impactante en portada, otro par de ellas para los reportajes largos, algún primer plano para las biografías, obituarios y entrevistas… pero eran bastantes las páginas de lectura sin fotos. Yo aún recuerdo alguna de esas imágenes, eran esos años en los que las fotos de “restos humanos entre amasijos de hierros” no eran infrecuentes. Impactaban las imágenes, y, mientras leías el pie de foto y los textos que la acompañaban, seguías viéndola. Al leer el editorial aún tenías fresca en tus ojos la foto de la portada. En las páginas interiores otro tanto de lo mismo, leías a página completa, veías la foto mientras leías el artículo, reportaje o columna. Y luego pasabas la página, pero la página existía, ahí se quedaba y, hasta el día siguiente que la imagen fuera destronada por otra nueva del día, sobre la mesa del comedor o en la repisa bajo el televisor, ahí estaba la imagen, ahí los amasijos y los restos humanos. Ahí quedaba.

Ahora apenas leo prensa escrita en papel, pero sí varios periódicos digitales o al menos sus titulares a través de twitter, para luego seleccionar las informaciones que leo enteras. Ahora no hay textos sin imagen y hasta los tuits suelen llevarla (o, si no, el enlace directo a la información que siempre la lleva).

Hace unos días varios tuits, artículos y noticias en prensa digital enlazaban a, o adjuntaban directamente, un vídeo, o una foto obtenida de ese vídeo, en el que los ojos de un niño sucio, ensangrentado y asustado, miraban desde una ambulancia a todo nuestro mundo digital. En los últimos segundos del vídeo a esos ojos se le añadían otros, los de su hermana, también sucia y asustada, algo más mayor y, de la lectura de las informaciones de días posteriores, se llegaba a saber que otros ojos, que no salían en ese vídeo, se cerraron para siempre muy antes de tiempo, los de otro de los hermanos que, con menor fortuna que los que protagonizaron el vídeo de la ambulancia, no llegó a sobrevivir al ataque. De esa imagen de la ambulancia, los que leemos en digital vimos un titular y unos ojos rotos por dentro, y leímos el titular y, quizá, abrimos el titular y leímos la noticia, y se nos quedó grabada… un rato, porque en los segundos siguientes, simplemente pasando el dedo por una pantalla o moviendo la rueda de un ratón, hicimos desaparecer la imagen y pasamos a la siguiente. Y la imagen impactante del día se sumergió en un mar de imágenes. No quedó, otras la sustituyeron enseguida.

Nuestros hijos van a informarse como nosotros lo hacemos ahora, pasando páginas con la yema del dedo. Datos del mundo entero a su disposición, imágenes de lo que ocurre en cada rincón de cada uno de los continentes a su alcance en tiempo real, amasijos de hierro con restos humanos de todas las razas, ojos rotos por dentro de cualquier edad y país de procedencia, fotos, fotos y más fotos. Todo lo van a ver. Pero sobre todo ello van a pasar por encima en unos segundos, simplemente deslizando su dedo, pasando a otra imagen. Todo existe, pero nada queda. En la misma secuencia de imágenes pasan los delincuentes más buscados, los mejores goles de la jornada, los hospitales bombardeados, los mejores looks de la temporada que se avecina, las actrices de moda… los niños en ambulancias.

Deslizar el dedo sobre la imagen del niño de la ambulancia se me antojó una ofensa. Pero lo hice, sin poder evitar sentir que, al hacerlo, le estaba fallando. A un pobre crío desconocido que se encuentra a miles de kilómetros de mí.

Deslicé el dedo y sí, le fallé, Como todos los adultos del mundo estamos fallando a esos niños a los que, en unos años, entregaremos un mundo en el que pasar por encima de la mayor de las desgracias humanas es tan fácil como deslizar un dedo sobre una pantalla.

Imagen destacada: Calle de Alepo tras combates AFP Editada.

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