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Silbar a Piqué

Para los futboleros de pro el descanso veraniego terminaba con un partido de la selección española de fútbol contra la italiana este último sábado en Madrid. Encuentro importante para la clasificación para el próximo campeonato mundial había estado precedido por una campaña llamando a la participación y al sano apoyo a los jugadores.

No obstante, varios medios de comunicación también tuvieron a bien gastar párrafos y minutos en vaticinar si uno de los mejores defensas de la selección en los últimos años, Gerard Piqué, iba a ser abucheado, como en anteriores encuentros, por la afición madrileña. De resultas de eso, a aquellos que íbamos a asistir al partido, ya se nos provocaba a dedicar un tiempo a meditar si participaríamos de los pitos o no. Siendo un partido de fútbol una mera actividad lúdica con el único objetivo de disfrutar del desarrollo de un juego, has de optar por permitir o no que tus acciones muestren el apoyo o el rechazo, no tanto a un jugador como a una ideología. Que si el jugador es violento en el campo, adolece de falta de entusiasmo o implicación en el juego pues lo mismo sería consecuente que fuera abucheado, pero en este caso lo que contra él se tiene excede al ámbito deportivo y se centra únicamente en sus manifestaciones sobre temas políticos. Así que, dependiendo de la edad de tus acompañantes, lo mismo te ves obligado a explicar la posible razón de esos abucheos o la de tu orden tajante de que ni un abucheo a Piqué entre los que vienen conmigo.

Y resulta que, tontamente, el desarrollo del partido supone un estrés añadido para todos. Los que han decidido silbar a Piqué, bastante pocos en proporción al resto de los asistentes, han de estar muy pendientes de los momentos en que él toque el balón, pero los que hemos decidido contrarrestar esos abucheos con aplausos, por coincidencia ideológica o, los más, por hartazgo de que la ideología lo invada todo, también pendientes para, en cuanto empiecen los pitos, silenciarlos rápidamente con aplausos o jaleos al jugador. Un estrés, digo, porque no te puedes entretener enviando un whasapp o vagando tu mirada por las gradas, porque a la mínima que te despistas le llega el balón a Piqué y empiezas el abucheo tarde o son los abucheadores los más atentos y tu, cuando quieres contrarrestar, ya resulta que han terminado.

Y llega un momento en que, cuando ya tienes mecanizada la respuesta pitos-palmas, pitos-palmas, y consigues hacerlo sin pensar mucho y orgullosa de hacerlo bien, das unos aplausos rápidos y recibes un codazo de tu acompañante seguido de un ¿y ahora por qué aplaudes? y a tu contestación de yo qué sé, porque abucheaban a Piqué ¿no? le responde una mirada condescendiente, un bufido y un no era a Piqué, era a Koke, ¿Y a Koke por qué? Yo qué sé ¿Y a Koke se le puede pitar? Y te quedas en blanco y encogiendo hombros porque para los pitos a Koke no nos habíamos preparado.

Y, siendo propensa al estrés, yo ya empiezo a estar harta de estos añadidos porque, además, si lo hacemos, sería mejor que lo hiciéramos bien y, para estar seguros de si nuestra respuesta debe ser pito o abucheo, al vender las entradas para cualquier espectáculo (deportivo, teatral, musical, cinéfilo o circense) tendrían que permitir que enviáramos un cuestionario con las cuestiones ideológicas que a cada uno nos parecieran vitales para que fueran respondidas por cada uno de los participantes en el espectáculo y pudiéramos planificar nuestra respuesta: aplaudo al tramoyista que es de mi mismo partido político pero abucheo al actor secundario porque no tiene las ideas muy claras y en las dos últimas elecciones votó a dos partidos diferentes, aplaudo a la actriz principal porque cree en la independencia de mi región pero pitaré un poco al acomodador porque, aunque por lo que dice en el cuestionario su ideología coincide con la mía, yo sé que se casó con la hija mayor del concejal de mi distrito que me cae fatal. Y así, oye, podemos quedarnos tranquilos con la certeza de que no aplaudimos en balde.

Además, como sería injusto hacia la gente del espectáculo el que solo ellos fueran medidos por sus pensamientos, tendríamos que llegar a llevar encima los cuestionarios para entregarlos a todos aquellos con los que tuviéramos relación ¿Que necesitas tomates? pues te bajas con tu cuestionario al mercado y no compras hasta que encuentras una frutería en la que las respuestas de todos los empleados coinciden con las que tú deseas ¿Que vas a ir en taxi al aeropuerto? Pues con el cuestionario por delante taxista por taxista ¿Que pretendes tomarte una caña con tus colegas? Pues cuestionario al canto a los camareros.

Y así, idiotas de nosotros, podríamos jodernos la vida sin necesidad de esperar a que Kim Jong-Un y Trump nos den el trabajo hecho.

 

 

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Nada más que fútbol

Ya empieza el fútbol. Este fin de semana los equipos profesionales se enfrentan a su primer rival según el calendario de liga. Imágenes de los partidos de primera división, que ahora resulta ya no se llama así y varía su denominación según el patrocinador de turno, empezarán a poblar los informativos y las redes sociales. Imágenes de los partidos, pero también de los entrenamientos, de las entradas de los jugadores a los entrenamientos, de las salidas de los jugadores después de los entrenamientos, de las ruedas de prensa antes y/o después de los partidos, o incluso de las ruedas de prensa antes y/o después de los entrenamientos, de los momentos de ocio de los jugadores, de los de los entrenadores…

El pasado domingo John Carlin firmaba un reportaje en El País Semanal (El negocio del fútbol, en llamas) sobre ese andamiaje en forma de negocio corrupto que se ha construido sobre la competición futbolística. Escribe Carlin desde su doble papel de reportero documentado y aficionado entusiasta que se resiste a asumir en qué se ha convertido el mundo que rodea a su deporte favorito. Doble papel también el que desempeñan los millones de forofos que, sin pretender más que divertirse y disfrutar con un deporte, devienen en cómplices de ese inflamado negocio.

Y ese negocio en llamas, esa estructura mafiosa que se ha construido sobre el deporte, termina inflamando hasta la propia palabra. Decimos fútbol y la imagen que se nos forma es demasiado grande, decimos demasiadas cosas.

Reconocerse aficionado al fútbol empieza a requerir ciertas dosis de valentía y un esfuerzo posterior de concreción. La condición de mayoritario parece otorgarle un demérito como deporte y como disfrute y obligaría a compensar esa flaqueza con la exposición de alguna otra aptitud o afición de mayor calado intelectual, para evitar que la mera participación en las lides futboleras dentro o fuera de los campos te asigne la condición de idiota. Concreción imprescindible también para confirmarte solo dentro de uno de los “bandos” del fútbol que propone Carlin, el del forofo, separándote de la complicidad con el delito, como si esa militancia forofa impidiera, siendo más bien lo contrario, aberrar, como cualquier otro humano decente, de los desmanes ejercidos en su nombre. La concepción globalizada del mundo nos hace tender a globalizarlo todo. El mundo del fútbol se salió de madre pero el FÚTBOL, así, con mayúsculas, es algo muy sencillo.

En unas semanas “rodará el balón” también en las ligas escolares y, fuera de competiciones oficiales, es bien cierto que no ha dejado de rodar durante todo el verano. Playas, campos, parques, patios, solares abandonados, pasillos, jardines o favelas a lo largo y ancho del planeta son constantemente invadidas por futboler@s sin dorsal, sin agente, sin entrenadores ni directivos, sin escudo siquiera, que se empeñan en volver a poner al fútbol en su sitio.

Fútbol: Juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuyo objetivo es hacer entrar en la portería contraria un balón que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos, salvo por el portero en su área de meta. RAE dixit.

Nada más.

Pero, siendo tan sencillo, es también el único entre los cuarenta y dos deportes olímpicos, capaz de convertirse en dos patadas 😉 en un idioma integrador para todos esos futboler@s sin dorsal de los aparentemente distantes mundos de las playas, campos, parques, patios, solares abandonados, pasillos, jardines o favelas del planeta.

Pero esto es el fútbol, nada más. Lo que ocurre en los despachos es otra cosa.

Imagen destacada: dibujo original de Marcos Chicharro.

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