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Como una chica

 

Más de once mil atletas, representando a doscientos cinco países diferentes, compiten durante estos días en Río de Janeiro por alcanzar la gloria olímpica. 5.200 mujeres y 6.200 hombres, en una proporción que aún dista de la que correspondería a una proporcionalidad directa sobre la población mundial pero que va mejorando olimpiada a olimpiada y que está tristemente muy por encima de la que aún soportan muchas mujeres del mundo al pelearse el acceso a cuestiones tan alejadas de la gloria como un trabajo digno, condiciones básicas de salud e higiene, acceso a la educación o el derecho a la libre elección de su opción de vida, de la posibilidad de compartirla o no y de la persona con la que compartirla, si fuera el caso.

Son varias las atletas que han conseguido su objetivo y alcanzado la gloria por el inexorable camino del esfuerzo, la renuncia y el sacrificio que conduce al éxito deportivo en cualquier disciplina. El mismo camino que han de recorrer los atletas varones, el mismo, pero en muchos casos, simplemente por ser ellas, un poco más largo.

Como ejemplo los malévolos juicios sobre su apariencia física que han añadido gratuitamente un plus de esfuerzo en la construcción de la fortaleza mental de Rafaela Silva  o Alexa Moreno. O el que la decisión de Maialen Chourraut de compaginar ser madre y deportista de alto nivel le haya obligado a entrenar hasta dos días antes del parto y a someter a su cuerpo al doble desgaste físico del entrenamiento y la lactancia. A Lydia Valentín, simplemente destacar en un deporte tradicionalmente masculino le añade la presión de convertirla en pionera y referente de nuevas generaciones. A Corey Cogdell tiradora del equipo olímpico americano de tiro al plato, o a Katinka Hosszú, nadadora húngara, medallistas olímpicas las dos, la cortedad mental de un par de periodistas, quizá no les ha añadido trabas en el camino pero les ha dado un trato, al considerar a la primera mera esposa de su marido y al marido de la segunda único responsable del triunfo de esta, diferente al que hubieran recibido de ser varones y muy alejado del que su esfuerzo merece.

El esfuerzo, la renuncia y el sacrificio forman el procedimiento básico para alcanzar el triunfo en cualquier ámbito. Eso y la paciencia. Quizá no hay una forma diferente de triunfar según el sexo, quizá tampoco hay una forma diferente de esforzarse, renunciar o sacrificarse, quizá. Pero esa misma idea de la igualdad en la forma de pelear un triunfo ya es revolucionaria.

Hace dos años una empresa dedicada a la fabricación de compresas y otros productos de higiene femenina rodó un anuncio-experimento en el que se ponían de manifiesto las notas negativas que se añadían a una acción si se calificaba el modo de realizarla como de “como una chica”. Correr, lanzar o luchar como una chica significaba hacerlo de forma débil, sin determinación, desganada. En niñas pequeñas la connotación aún no existía pero al llegar a la adolescencia ya era clara y afectaba a la forma de vivir de las adolescentes.

Ahora Rafaela, Alexa, Maialen, Lydia, Corey y Katinka, como Mireia, Garbiñe, Simone, Carolina y tantas otras están contribuyendo a redefinir el significado de las palabras. Ellas no solo luchan, saltan, navegan, levantan peso, disparan o manejan sus raquetas como las chicas que son. Ellas ganan, y lo hacen de la única manera que pueden hacerlo: como una chica.

Imagen destacada: Rafaela Silva, foto editada sobre la de Michael Madrid/USA TODAY Sports a través de http://www.nbcolympics.com/news/rafaela-silva-wins-brazils-first-gold-medal-takes-57kg-judo-title

 

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