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Del cómo nos toleramos

El otro día asistí como oyente a un acto en el que varios voluntarios de distintas ONG ponían en común sus experiencias e intentaban definir qué características debía tener para ellos un buen voluntario. Hubo varias que se repitieron y una en particular fue nombrada por todos ellos, pareció quedar claro que no hay un prototipo de voluntario pero que cada persona, por sus fortalezas y debilidades, puede ser mejor ayuda en un trabajo u otro, aunque, eso sí, en todos ellos era imprescindible esa cualidad: la tolerancia.

Se enlazaron después testimonios de experiencias muy diferentes: apoyo a adolescentes en riesgo de exclusión, implicación en actividades múltiples de una fundación de ayuda a discapacitados, asistencia y entretenimiento para niños sin apoyo familiar, compañía a mayores que viven solos, apoyo a la integración de refugiados…

Cada uno de los voluntarios fue desgranando sus acciones, sus temores, su experiencia personal, aludiendo, sin dar demasiados datos, a las personas a las que apoyaban y las dificultades que se encontraban para prestar ese apoyo o para conseguir poner todas sus fortalezas y capacidades al servicio de cada colectivo.

En un momento tomó la palabra un voluntario con largos años de experiencia, según su presentación, que fue el único que, en esa misma presentación, manifestó claramente su ideología (soy ateo y muy de izquierdas) en lo que pareció un argumento para demostrar su incuestionable tolerancia hacia los demás antes de plantear su idea. Pero su comentario fue que, siendo esa su ideología, él podría prestar apoyo a una persona muy religiosa, pero le costaría mucho. Repitió que, eso sí, él “lo respetaba” pero le sería difícil la convivencia con una persona así.

Después de escuchar su argumento, me dio por pensar en cada uno de los otros voluntarios que habían intervenido, porque analizado despacio era evidente que para la mayoría de ellos la ideología de las personas a las que apoyaban era diferente de la suya: adultos españoles con refugiados venidos de otro continente y con otra religión, jóvenes ayudando y acompañando a personas muy mayores, otros adultos en continua convivencia con adolescentes de distinta procedencia (la “ideología” adolescente sin necesidad de venir de la otra punta del mundo ya es difícil de compartir por cualquier adulto sensato)… pero, en ningún caso, al narrar su experiencia, a ninguno le pareció relevante la alusión a esa diferencia ideológica.

Hay varias acepciones según la RAE en la definición del verbo tolerar. Tanto para prestar servicios como voluntario como para la convivencia diaria parece que la preferible es la cuarta: Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias, pero me temo que, como en el caso del voluntario cuyo comentario llamó mi atención, en demasiadas ocasiones esa tolerancia tiene más que ver con la primera: Llevar con paciencia algo.

Porque una cosa es respetar, tomando la ideología como una condición más de la persona, sin calificarla como buena o mala por muy diferente que sea de la nuestra, y otra llevar con paciencia las ideologías contrarias a la nuestra. La primera versión de la tolerancia produce poco desgaste pero la última se basa en una cualidad, la paciencia, que tiene una duración limitada.

Quizá por eso nuestra convivencia anda tan crispada. En vez de respetarnos realmente, nos ha dado por llevarnos con paciencia unos a otros. Craso error.

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Al sol y al agua

Sentada sola en la playa sobre la arena fría en la bajamar miraba el pequeño bamboleo del agua. El sol, indeciso, quería asomarse por el horizonte y apenas dos gaviotas se atrevían a cortar el silencioso estreno de la mañana.

A primera vista desde el paseo marítimo su presencia parecía el centro de una postal con una escena idílica en la playa. Los colores, la luz… A ella se le veía serena, se diría feliz, con la vista fija en los primeros rayos. Apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados en sus rodillas y la dejó descansar unos minutos. Al levantarla, no pudo evitar gritarle al sol toda su angustia: no salgas aún, no salgas.

Allí sentada, sola, frente al mar, sin mover más músculo que el corazón, estaba huyendo. La tarde anterior, cuando ese mismo sol que ahora iba a salir pugnaba por esconderse, le había hecho un juramento: no volverás a salir sin que yo haya puesto fin a esto. Pero, en vez de dirigirse a casa a ejecutar su propósito, se quedó en la playa, sentada, sola, reuniendo fuerzas.

Años atrás había decidido que, ya que no iba a poder escapar de ella, al menos sería la única persona a quién doliera su vida. Y empezó a vivir dos versiones, la real y la visible. Y a todo el mundo pareció valerle. El plan se mostró imperfecto cuando llegó a necesitar alguien con quien compartir su verdad pero, por no estropear su primera decisión, eligió como confidentes solo al sol y al agua. Al sol porque sentía que, por mucho que le pesara lo que ella le contara, jamás produciría ningún efecto, su ritmo de salida, de subida y de bajada no se alteraría y eso, sorprendentemente, le daba seguridad. Que el horror no hiciera mella más que en ella. Y el agua por lo contrario, por su continua alteración, por su rápido efecto de inundarlo todo. Si quieres deshacerte de algo, escúpelo al agua, a las malas te lo devolverá enseguida pero limpio, mojado, inundado, a las buenas se lo llevará o lo diluirá, para siempre.  Hablarle al sol o sumergirse en el agua fueron sus terapias. Y sobrevivió, hasta ayer. Una pequeña línea azul horizontal en un test desbarató su proyecto de vida.

El sol iba a salir. Ya no había tiempo, tenía que dejar de huir.

Alba se levantó, desperezó huesos y músculos y se detuvo un momento a apreciar el roce de la arena en sus pies. Se concentró en esa sensación mientras, paso a paso, se acercaba al agua. Para cuando sus dedos se humedecieron ya había logrado respirar y caminar con la misma cadencia regular. Sin modificarla siguió moviéndose: inspirar, expirar, inspirar, expirar, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho… inspirar, expirar…

Sintió un pequeño escalofrío cuando el agua fría mojó su vientre pero para entonces sus movimientos eran tan automáticos que no se alteraron. Al saborear el salitre cerró los ojos y siguió moviendo sus pies: derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, inspirar, expirar, inspirar, expirar, inspirar.

 

 

Imagen destacada: foto original de Marcos Chicharro.

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Femenino singular

La semana pasada hizo unas declaraciones Pablo Iglesias en las que hablaba de feminizar la política. El titular era llamativo así que las he leído/escuchado enteras y no he podido evitar sentir una mezcla de incredulidad e indignación. Y no sé si me indigno femeninamente o individualmente porque en mi caso, digan lo que digan Pablo Iglesias o cualquier otro erigido en experto en estos asuntos, mi dotación cromosómica me dificulta el separar una cosa de otra. Yo nací mujer, pertenezco al género femenino y mis actuaciones, tanto personales como  profesionales, femeninas son porque de mí nacen. Y son tan femeninos mis exabruptos como mis caricias, mis órdenes como mis súplicas, tan femeninos mis besos como mis cabreos, mis tequieros como mis insultos. No soy más mujer cuando beso que cuando exijo, ni más cuando cuido que cuando me indigno. No siempre la condición de mujer se adquiere en el nacimiento pero igual da a la hora de actuar.

Tanto miedo me da el machismo conservador como este nuevo paternalista de izquierdas disfrazado de feminismo. Una de las cuestiones que explica Pablo Iglesias con claridad y detenimiento es que esa feminización de la política que él defiende no implica, no nos confundamos, que los hombres dejen su espacio a las mujeres, no, porque, y cito textualmente de nada sirve poner como portavoces a mujeres si estas no están feminizadas. Acabáramos. Así que nos explica, despacito para que lo entendamos, que no hace falta que haya más mujeres en puestos de responsabilidad, no sea que las que lleguen sean de las “malas”, de las no feminizadas, porque ellos mismos ya se feminizan y se perpetúan en el poder y la responsabilidad. Y ya mientras tanto si eso nosotras nos quedamos en casa cuidando nuestros hogares y a nuestras familias, volviendo a depender de que hombres, feminizados o no, decidan sobre nuestra vida mientras nosotras somos meras espectadoras. Muchas gracias, hombre, muchas gracias. Ayuda mucho a la lucha por la igualdad de oportunidades para todos los sexos, un montón.

Es del último mes también una campaña publicitaria que se empeña en obligar a la RAE a modificar la definición de “madre” y darle un sentido mucho más amplio y emocional. Efectivamente, como explican algunos famosos en el anuncio, mi madre ha hecho, y hace, por mí mucho más que parirme. Como yo por mis hijos. Y también es verdad que ni a  mi madre ni a mí nos conoce la RAE de nada pero eso no nos hace sentirnos ofendidas por su definición: Mujer o animal hembra que ha parido a otro ser de su misma especie. Porque ese es el hecho objetivo que nos hizo adquirir la cualidad de madres. La RAE también prevé que esa adquisición no se realice solo por un acto físico y por eso otorga la acepción número 4 en la que define también como tal a cualquier mujer que realice las funciones de madre. Supongo una campaña publicitaria bien intencionada pero volvemos a sufrir intentos de catalogación solo de las condiciones femeninas. Tan madre es la que cuida como la que abandona. Se podrá adjetivar después pero el sustantivo es igualmente aplicable. Ocurre lo mismo con los padres y con ellos no hay campañas.

 El sexo al que pertenecemos, por nacimiento o por convicción, forma parte de cada uno de nosotros pero nuestra actitud en el mundo no es solo fruto de esa condición. No creo que haya un femenino absoluto que nos condicione en todas nuestras actuaciones, como tampoco creo que haya un masculino absoluto. No creo que haya nada que feminizar aunque, puestos a hacerlo, creo que los únicos individuos capacitados para hacerlo, cada uno en su absoluta singularidad, son aquellos que en su personalidad incluyen esa condición femenina, mujeres se llaman según la RAE.

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Sobre los premios Nobel

Ya hemos tratado otras veces en este blog esa manía opinadora que tenemos ahora. Siendo una gran ventaja de nuestro mundo esta facilidad para manifestar nuestra opinión y lanzarla a los cuatro vientos, también es cierto que no nos conformamos con esa manifestación y pretendemos que haya de tenerse en cuenta siempre, incluso para los premios Nobel.

Tras haber leído en estos últimos días diversas opiniones sobre los premiados con los Nobel de la Paz y Literatura, yo he decidido aprovechar mi artículo de los lunes para opinar también e ir más allá, porque no entiendo cómo los opinadores de las redes sociales se conforman con manifestarse solo sobre dos de los premios instituidos por D. Alfred Nobel habiendo seis (en realidad cinco según el testamento del Sr. Nobel y uno, el de Economía, añadido posteriormente en 1969 por la donación a la Fundación Nobel desde el banco central sueco), así que yo, que creo que ya que opinamos debemos hacerlo sin coartarnos,  voy a opinar sobre todos. Allá voy:

  • Premio Nobel de Física 2016, otorgado a David Thouless, Duncan Haldane y Michael Kosterlitz  por los descubrimientos teóricos de las transiciones de fase topológica y fases topológicas de la materia. Estoy de acuerdo.
  • Premio Nobel de Química 2016 a Jean-Pierre Sauvage, J. Fraser Stoddart y Bernard L. Feringa por el diseño y la síntesis de las máquinas moleculares. Cómo no voy a estar de acuerdo.
  • Premio Nobel de Economía 2016 otorgado a Beng Holmström y Oliver Hart por sus aportaciones a la teoría del contrato. Por descontado estoy totalmente de acuerdo.
  • Premio Nobel de Medicina 2016 a Yoshinori Oshumi por su papel en el estudio de los mecanismos subyacentes a la autofagia. Buenoooo, con este claro que estoy de acuerdo, es más ya se me había ocurrido a  mí antes que a la Real Academia de las Ciencias Sueca 😉
  • Premio Nobel de la Paz 2016 a Juan Manuel Santos, presidente de Colombia desde 2016 por sus esfuerzos para acabar con el conflicto más largo del siglo. Con este, como el resto de los opinadores sociales, ya podría extenderme porque al menos me suena la cara del premiado y sé de qué va pero, para que no parezca que soy poco equitativa o que sé más de Paz que de Física, Química, Medicina o Economía en perjuicio de mi imagen intelectual,  seré parca y diré que, al menos en el argumento esgrimido por el Comité Noruego que otorga el premio, me parece tienen toda la razón.
  • Premio Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción. ¿Y ahora es cuando me ensaño con Bob Dylan y la Academia Sueca? ¿Para una de las pocas veces que me suena el nombre del premiado, le pongo cara y hasta conozco alguna de sus obras? ¿para una de las pocas veces que la academia no me hace sentir ignorante como lectora al premiar a quienes no solo no he leído, sino que no reconozco sus caras y a veces ni siquiera me suenan sus nombres?

 

Igual que hago para la Física, la Química, la Medicina y la Economía, voy a seguir pensando que quienes adjudican los premios deben saber muy bien lo que hacen y que, si a mí jamás se me había ocurrido que Bob Dylan pudiera ser premiado con un Nobel de Literatura, el fallo es mío por no haber sabido leer sus letras como sin duda, como entiende la Academia Sueca, merecen.

Ahora espero a que, así como otros años las editoriales se lanzan como posesas a editar, comprar derechos de traducción o reeditar las obras de los premiados en literatura, este año, para no ser menos, ya hayan enviado a imprenta una recopilación de todas las letras de sus canciones, con una buena traducción y con un cd que permita, por primera vez en la historia de los premios de Literatura, escuchar la obra narrada con la voz del propio autor y entonada con la música que él mismo pensó era adecuada a cada historia. Un magnífico regalo para los forofos de la narración de historias.

Imagen destacada: Alfred Nobel – Nobelsymbolet de Aktiv I Oslo.no, vía flickr.

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Sarah Colman

Lucas Colman fue músico antes de saber que lo era. Aprendió a tocar viendo y oyendo a su padre hacerlo todas las noches. Cuando Lucas se convirtió en padre quiso ser como el suyo. Cada noche ensayaba en el cuarto de su hija. Mientras, ella escuchaba, soñaba, estudiaba, incluso se acostaba, y dormía. Así creció Sarah, aunque ella nunca aprendió a tocar.

A Lucas también le gustaba hablar y en los pequeños descansos de los ensayos, contaba a Sarah historias del tiempo en que él y su amigo Martín eran músicos reconocidos entre los grupos de jazz universitario. Martín y Lucas fueron inseparables durante años. Su mejor amigo, seguía diciendo Lucas, alguien con quien siempre se podía contar. Quizá el único.

Ahora Lucas tocaba en la banda de música local y lo último que supo de Martín es que alguien le había visto tocar en la banda de la Taberna del Escocés, a cientos de kilómetros de su casa, pero Lucas ni siquiera sabía si eso era cierto.

John, el otro trompeta de la banda local, tenía un garito en el que tocaba cada noche y le pedía a Lucas que tocara con él, pero a Lucas le parecía que su época de tocar en clubes nocturnos ya se había terminado, y siempre se negaba. Hubo un cambio en el gobierno municipal y eliminaron el presupuesto para bandas de música. Del todo. Y a Lucas Colman se le acabó el mundo. Se encerró en casa. Y pasaba horas pegado a su trompeta. Sarah estaba contenta, siempre le había gustado oír a su padre, y ahora lo hacía a todas horas. Pero al pasar los días las melodías se volvieron tristes, muy tristes. Una noche John se presentó en casa y consiguió convencer a Lucas de que tocara con él en el Millie’s Club, su garito. Y desde entonces todos los jueves, viernes y sábados Lucas y John tocaban juntos. Sarah no se perdía una actuación. Llegaba al club a media tarde para los ensayos y salía de allí con su padre, cuando terminaban. Sarah tenía catorce años.

John comenzó a acercarse a Sarah, a hablar con ella. Para entretenerla mientras esperaba a su padre, decía. Y había días que Lucas terminaba tocando solo mientras John conversaba con Sarah. A veces John pedía una pinta para ella, a Sarah no le gustaba beber, pero si John que era tan bueno decía que no pasaba nada… Un día John se empeñó en llevar a casa a Sarah antes de que el local se vaciara, antes de que Lucas terminara su actuación. A Lucas no le terminó de gustar la idea pero pensó que algo de razón tenía John: era ya tarde para que la chica deambulara por la calle. John dijo: enseguida vuelvo Lucas, la dejo en casa y vuelvo, tú espérame aquí. Y Lucas esperó, tocando, hasta que el local se vació… y un poco más. John llegó tarde, tranquilo. Bonita hija, dijo tan sólo. Cuando Lucas llegó a casa Sarah ya estaba dormida, en su cuarto. Y él se acostó. Al día siguiente Sarah no quiso volver al Millie’s, ya no fue más. Y, después de tres meses de no oír la trompeta de su padre, Sarah se fue. Sin dejar ni una nota.

Sarah buscó La Taberna del Escocés, cuando la encontró su vientre ya estaba abultado.

– ¿Martín Longman?

– ¿Quién le busca?

– Soy Sarah Colman.

– Espera un momento.

El Escocés se acercó a la banda y susurró algo al oído del trompetista, él vino hacia Sarah.

– ¿Sarah?

– Sí, Sarah Colman.

– ¿El Colman de Lucas Colman?

– Sí, es mi padre.

– Ven conmigo.

Martín acompañó a Sarah a una mesa. El Escocés no pudo escuchar la conversación pero Martín terminó levantándose a hablar con él.

– Necesito que la contrates.

– ¿Que la contrate de qué?

– De camarera.

– No jodas, ¿no la ves?, está preñada, no puedo ponerla a servir whiskys.

– No me jodas tú, Escocés, algo habrá que pueda hacer. No la puedo dejar tirada.

Así empezó Sarah a limpiar la Taberna, cada día, aunque al recorrer los baños tuviera que vomitar, también cada día. Eso sí, conseguía disfrutar a solas de la música de Martín, que ensayaba un rato antes de abrir. Su padre tenía razón, al oírle tocar el mundo parecía desaparecer. Y eso a Sarah le venía muy bien.

De eso hace seis meses, ahora Sarah ya sirve whiskys, aunque sigue limpiando el local. Una curiosa camarera demasiado joven, demasiado guapa y hasta demasiado triste para ese local.

Pero ya no es Sarah lo más curioso que hay en La Taberna. Hace unas semanas que algunos parroquianos sostienen que en el pequeño almacén de detrás de la barra hay escondido un gato, ellos juran que lo oyen maullar, con ese agudo maullido que tienen los gatos que parece un llanto de niño. El Escocés dice siempre que son tonterías, pero Sarah, por si acaso, entra a menudo a comprobar. Y, como si fuera magia, en cuanto Sarah entra en el almacén el gato se calla. Y a Sarah se le dibuja una media sonrisa… que se borra en cuanto sirve el siguiente whisky.

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