Andá, mi madre…

El otro día, brujuleando por twitter, me encontré con el jaleo (ahora se dice polémica) que se montó con un tuit de Ana Rosa Quintana sobre la educación en Finlandia a raiz del último programa de Salvados. Del tuit de Ana Rosa llegué a uno de Nuria Roca contestando al primero y del tuit de esta a su blog y al post que, sobre el lío montado, publicó al día siguiente. En él comentaba que había recibido insultos varios y entre ellos alguno que le tildaba de “mala madre” y ahí entró en un tema espinoso con el que sus seguidores entraron al trapo muy a favor y muy en contra de si ella era buena o mala madre con argumentos tan poderosos como que estaba forrada, que si tenía tres hijos o no, que no iba a toooodas las actividades del cole, que trabajaba, que tenía tiempo para los niños o no lo tenía… y todo sin conocer a los niños y sin poder saber, en realidad, si está siendo o no realmente una buena madre para ellos.

Para los no iniciados voy a explicar que en el curioso ambiente de las “madres fanáticas” hay dos facciones claras: las que trabajan fuera de casa y las que trabajan dentro de casa. Las fanáticas que decidieron (se supone) trabajar fuera de casa opinan que el no trabajar hace a las otras malas madres porque se centran demasiado en sus hijos y no les permiten desarrollarse como individuos independientes, aparte de que tampoco son mujeres muy recomendables porque su vida es tan simple que no les permite hablar más que de sus hijos, su casa y su marido. Luego están las fanáticas que decidieron (se supone) trabajar cuidando su casa y a sus hijos y que opinan que las madres que trabajan fuera de casa quitan ese tiempo a sus hijos y por ello los niños están abandonados por lo que ellas son malas madres y tampoco serían mujeres muy recomendables porque anteponen su vida laboral a su vida personal.

Y estos dos grupos de fanáticas son los que suelen entrar al trapo descalificando cualquier modelo de maternidad distinto del suyo. Como si el mero hecho de trabajar o no nos convirtiera en madres o mujeres modelo.

Yo, dado que me manejo por los ambientes maternales con esa habitualidad con la que ya me gustaría a mí frecuentar los ambientes en los que se mueven los impares adultos interesantes (donde quiera que eso ocurra),  he podido dedicarme a la observación de madres y, con más interés, en los productos de su responsabilidad que son en los que, al fin y al cabo, se puede comprobar si el trabajo está bien realizado o no.

Y, mi opinión, es que de madres fanáticas salen hijos fanáticos, así que mal asunto.

En cuanto a lo de trabajar o no fuera de casa…

Yo conozco niños desatendidos de madres cuya única obligación diaria son ellos y niños centrados, optimistas, alegres, felices, queridos y atendidos por madres que no pueden más que acostarlos cada día, y a veces ni eso. Es verdad que a mí no me parece verdad para los niños el dicho ese de que más vale poquito tiempo pero de calidad que mucho sin calidad, porque creo que necesitan sentirse queridos, acompañados, atendidos e importantes pero pueden tener a su madre todo el día en casa diciéndoles lo harta que está de ellos o tener una madre que trabaja y a la que casi no ven pero que les deja siempre preparadas las cosas para el día siguiente, les pregunta por sus cosas, les llama por teléfono, les manda e-mails o se desvive porque, mientras ella no esté, sus hijos estén permanentemente cuidados por alguien que les haga sentir bien, protegidos y queridos. Yo, puesta a elegir, firmo lo último sin duda.

En cualquier caso, y como siempre, estamos hablando de una única parte, la misma que siempre recibe críticas haga lo que haga. Porque a veces parece olvidarse que para la creación de esos productos es requisito indispensable la participación de otra persona del sexo contrario, lo que viene a ser un padre. Y jamás se crean polémicas sobre si ellos, trabajen o no, son buenos o malos padres. Porque ellos son muchas cosas y luego, además, padres. Y nosotras parece que no. Nosotras somos madres y, en nuestros ratos libres, otras cosas.

La maternidad es un parentesco, nada más, muy importante, pero un parentesco. A uno jamás le define un parentesco. Yo me llamo Ana. Y soy hija, hermana, cuñada, prima, sobrina, nieta, resobrina, tía y, lo mismo, algún día, soy suegra. Y a nadie se le ocurrirá definirme como Ana, la suegra. En cambio, si estoy en el patio del cole, si asisto a reuniones, si me llaman al trabajo y tengo que interrumpir una reunión, si me da la gana poner una foto suya en la mesa de mi oficina… yo… soy una madre. Una madre trabajadora. De mis compañeros padres jamás he oído decir que sean un padre trabajador.

Seguimos haciendo diferencias grandes y, a veces, nosotras mismas.

Yo no entro en el club de las madres fanáticas, de ninguna de las dos facciones y yo misma he dudado a veces de ser buena madre a pesar de tener unos hijos normales, el menor de los cuales parece pensar que las reuniones escolares son para mi una actividad principal, y que si yo leo, escribo, corro, nado, voy al cine, al teatro, paseo, voy de compras, salgo a cenar o de copas o me tomo un café con algún amigo es simplemente porque ese día no hay reunión en su cole. Pero mis dudas son personales, íntimas, por los problemas que se presentan y por la capacidad de resolverlos con acierto. Lo que no soporto es que alguien se permita juzgar si soy o no soy una madre buena para mis hijos por trabajar o no, por tener una vida ajena a ellos o por mi estado civil, que esa es otra. E, igual que no me parece tolerable para mi, no me lo parece para las demás, por muy famosas que sean.

A veces, nosotras mismas perpetuamos los tópicos. Y, aunque parezca imposible, yo estoy incluso convencida de que se puede ser buena madre sin parecerlo (halaaaaa) y, lo que es más raro, creo que también se puede ser buena madre estando en contra de la educación finlandesa (andá, mi madre).

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