Triunfó el amor

Hoy he asistido a una celebración de un claro triunfo del amor. Aunque el día no parecía nada propicio, las fechas no entienden de tiempos meteorológicos y los aniversarios se celebran cuando toca (o más bien lo más cercano a cuando toca que permite el cuadre de las agendas de los imprescindibles asistentes). Y esta semana a mi “tronco” y a todas las ramas que de él nacieron, le tocaba celebrar.

Parece a veces que el amor es eso que retratan las pelis empalagosas de final feliz que a mí me encantan, y que las bodas y las familias, para ser felices, han de ser tan perfectas como se retratan en las portadas de las revistas del corazón  (unos años antes de terminar tirándose los trastos y poniéndose a caldo sin ningún pudor en las páginas interiores de esas mismas revistas) pero no es así. Largos años de observación de las familias de verdad y de esas que enseñan su cara amable en las revistas del corazón me han hecho formar una teoría sobre la imprescindible presencia de la imperfección para que una pareja, y más si cabe una familia, sean felices y su unión perdure en el tiempo.

Mi familia, obviamente, no es perfecta, y nunca lo fue.

Hace poco más de 50 años mis padres culminaron su noviazgo (no exento de dificultades) en un día a priori poco propicio (un martes, de febrero, en Ávila… hace falta valor…) Las fotos de aquél día los muestran naturales, tranquilos, alegres, sin mucho artificio, rodeados de la familia y, en alguna incluso se les  ve… masticando (ese tipo de fotos que las perfectas parejas que pueblan las revistas del corazón jamás se harían pero que en el mundo real de las familias imperfectas parece son tan imprescindibles en cualquier celebración como poco favorecedoras).

Mis imperfectos padres se casaron entonces en un día imperfecto. Se trasladaron a vivir a un pequeño pueblo castellano. Frío e imperfecto. Después a otro poco mayor, y allí nació su primera rama… imperfecta. Toda ojos, dicen las crónicas familiares. Otro cambio de residencia y, una tras otra, nacieron otras tres ramas. Imperfectas todas, cada una en lo suyo. Y en un pueblo pequeño, sin muchas comodidades, lejos de la familia y con cuatro ramas que mantener, atender y aguantar… su amor se puso a prueba, quizá día tras día, pero año tras año. Las ramas crecieron y crecieron (a alguna con un verbo sólo ya le sobra). Y podría decir que siempre se quisieron y todos juntos vivieron siempre felices y comieron perdices… pero sería mentira, porque esto no es un cuento, es una familia normal, de las imperfectas.

Con una base de amor indudable, que no siempre se tiene en mente, las ramas y el tronco fueron alguna vez zarandeadas por la vida, el tronco sólo, una de sus partes, o todas las ramas o alguna rama sola… el viento a veces arrecia y es caprichoso, y golpea, pero también se calma. Y lo que afecta a una rama acaba afectando al resto. Así que, en estos años, de todo ha habido: aunque más amor que desamor y más alegrías que tragedias, más encuentros que desencuentros, más risas que lágrimas, pero de todo hemos vivido.

Con el tiempo todas las ramas se hicieron tronco y crearon otras ramas, y otras y venga ramas… dos por cada una de las iniciales y del mísmo género (contrario al de la primera generación de ramas, caprichos de las leyes de Mendel, probablemente). Dos partes en el tronco, cuatro ramas y ocho subramas. Ese es mi árbol.

Y ahora dejo la metáfora porque ese, mi árbol, es mi familia. La que hoy estaba de celebración.

La vivencia infantil de una posguerra conviritió a mi madre en una castellana austera que nos hizo saber a sus hijas, días antes de la celebración, que “de ninguna manera” quería que le hiciéramos ningún regalo por sus bodas de oro. “Ninguno”, ratificó. Y, conociendo su carácter, y que podríamos amargarle el día de presentarnos con algún regalo que exigiera un desembolso económico importante, tuvimos que agudizar el ingenio durante días para pensar qué se les podría regalar que no fuera costoso pero les ilusionara. Es verdad que dimos muchas vueltas pero siempre volvíamos a lo mismo. A ese regalo que hoy ha hecho que a los antaño novios y hoy esposos y, sobre todo a ella, se le iluminara la cara cuando lo ha abierto. Una foto. Sólo una foto. De todo el árbol.

Una foto imperfecta, en un decorado imperfecto, y con posados de los que jamás saldrían en portada de una revista: quizá un brillo en unas gafas, un gesto raro, algún rostro incompatible con la seriedad del momento, niños que no se están quietos, alguno haciendo el payaso…Una simple foto familiar. En la que estamos todos. Pero hoy, esa foto, es algo más, por lo que representa esa imagen, la imperfecta imagen de un triunfo. Ese, que, año tras año, consiguió el amor. ¡Bravo por él!

Hacer tiempo

Antes, en esa prehistoria en la que no llevábamos en nuestros bolsos o bolsillos tecnología punta, podíamos disfrutar de momentos de calma o, incluso, aburrimiento, de vez en cuando.

Porque cuando uno iba a una consulta médica y había que esperar, los más sociables terminaban pegando hebra con cualquier otro de los pacientes haciendo gala de su adjetivo y los menos sociables (llamémonos “creativos”) podían dedicarse a observar al resto e incluso fabular a ver si se acertaba la patología que a cada uno le aquejaba (para comprobar si se ganaba o no, había que estar atento a la conversación de los sociables por si salía el dato necesario) y, así, sociabilizando o dedicándose a la introspección investigadora, se iba haciendo tiempo.

Si ibas en el coche en grandes ciudades, cuando te pillaba un atasco, escuchabas la radio, había quien aprovechaba para maquillarse, algunos leían el periódico, otros meditaban, algunos hacían la lista de la compra y los creativos nos dedicábamos a mirar alrededor y, a veces, descubríamos lugares nuevos, o carteles, o nos fijábamos en las personas que pasaban y, a veces, les inventábamos historias o, de la tranquilidad de la observación, surgían ellas solas.

Eso era antes. Los avances tecnológicos nos han fastidiado mucho a todos pero, en especial, a los “creativos”. Ahora resulta que las esperas en los médicos, ante las ventanillas de cualquier centro oficial o bancario, en los coches durante los atascos o en plena calle hasta que aparezca la gente con la que has quedado se dedican a teclear en el smartphone. Igual whatssapeas, que juegas al Candy Crash, contestas correos electrónicos o te lees la wikipedia, pero no levantas la vista del aparatito. Y ya no te enteras de si el que espera a tu lado es famoso o no, ni juegas a adivinar patologías, ni historias y, si no hablas, da igual porque casi nadie lo hace.

Y no sé si los expertos lo habrán valorado, pero los smartphones pueden hundir nuestra creatividad. Para inventar, idear, componer, diseñar… hace falta algún momento de mente en blanco, aunque sea pequeño. Al menos uno para tener un hilo del que tirar hasta completar la obra o conformar la idea. Y, si cada vez que tenemos que hacer tiempo, tiramos de tecnología, nuestra mente creativa se irá empequeñeciendo, porque es vital la práctica para su mantenimiento.

Así que yo, por eso, me he dicho esta noche… “nada de smartphone”, y aquí estoy, haciendo tiempo hasta que se guisen las albóndigas. Es probable que mi creatividad, si pudiera, se alegrara. Bueno, mi creatividad y mis afectos, porque dadas las horas a las que me he puesto a cocinar, la opción de haber tirado de whatsapp para entretener el tiempo es probable que no les hubiera resultado nada grata.

En cambio

Por diversas razones, no todas bajo mi control, el Año Nuevo me va a traer alguno de los clásicos cambios que se catalogan como “cambios de vida”. Movimientos en varias de las facetas básicas en una vida normal pero que no ocurren de forma drástica ni dramática (bueno, eso espero). El caso es que mi entorno, que está al tanto de los cambios, opina que anda que no voy a cambiar en este año. En mi caso, al menos que yo sepa o prevea, el Año Nuevo no trae cambios en mi composición familiar pero sí tengo gente cercana que sí va a ampliar (embarazo) o reducir (ruptura) su núcleo vital. Así que los cambios, en ese mi entorno cercano, parece se reparten generosamente. Al menos esos que se detectan desde fuera.

En realidad, los cambios importantes para cualquier persona son los que afectan a su personalidad o a sus relaciones cercanas pero, ni siquiera muchos de ellos ocurren en momentos concretos, aunque lo parezca.

Uno suele admitir que cambia de vida cuando se casa pero, probablemente, el verdadero cambio personal se produce mucho tiempo atrás, en ese preciso momento en que las miradas se cruzan y hay acuerdo o con el primer beso, pero eso no se suele anunciar. El pasar a compartir techo no tiene por qué producir mayor cambio personal. También cambia uno de vida cuando se separa o divorcia pero quizá el cambio importante se produce en cada uno cuando se llega a ser consciente de que ya no quieres al otro, que puedes vivir con él/ella (y para todo el mundo tu vida será igual) pero en realidad tú ya no estás ahí, aunque nadie, sólo tú, se entere.

Un hijo te cambia la vida pero ¿en qué momento concreto te la cambia? ¿cuando decides tenerlo? ¿o cuando te enteras de que vas a tenerlo? ¿cuando planificas tu vida para que tenga su hueco? ¿o cuando nace? ¿o cuando llega a casa? ¿o cuando empieza a hablar o caminar?…

En la práctica, la mayoría de los cambios, son progresivos. También lo es la pubertad, la adolescencia… aunque a los padres nos parezca que es de un día para otro.

Un cambio de casa, de barrio, de trabajo, de color de pelo, de universidad, de colegio, del colegio al instituto, del instituto a la Universidad, del trabajo a la jubilación… todo son cambios sólo de circunstancias. Los cambios personales no suelen coincidir con hitos de estos, porque uno no cambia de un día para otro. Nos vamos transformando poquito a poco.

La verdad es que no sé muy bien por qué escribo ésto. Quizá sólo sea para tranquilizar a mis afectos en cuanto a mis cambios de vida, para que no piensen que van a trastornarme mucho.

O, pensándolo mejor, es posible que lo haga para advertirles de que, si de verdad fuera a haber algún cambio íntimo y personal, de esos de verdad importantes, ellos ni se van a enterar. Al menos por ahora.

 

Elemental

En estos días he hecho un curioso descubrimiento que me hace considerar mayor si cabe mi ignorancia literaria. Descubrimiento porque yo no lo sabía, curioso porque me ha sorprendido, literario porque corresponde a la literatura (a un personaje en particular) y aumenta mi ignorancia literaria porque corresponde a un personaje de mención fácil en conversaciones sencillas en las que se habla como si se le conociera y, en realidad, del dato que he descubierto yo… no tenía ni idea.

Paso a concretar: con esto de haber decidido ser una lectora electrónica “legal” pero económica, la mayoría de los libros que me descargo suelen ser clásicos gratuitos o series de libros con graaaan descuento. Una de estas series ha sido la de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle. Libros básicos donde los haya… que yo no había leído (como otras grandes lecturas que engrosan mi ignorancia).

Pues resulta que en el primer libro de la serie se intuye y en el segundo ya se confirma que este original detective era drogadicto. Y a mí, como hablaba de Sherlock y de Watson somo si los conociera, pero nunca había leído los libros, pues me ha pillado por sorpresa. En realidad el buen señor a lo que era adicto era a los retos intelectuales, a la intensa actividad mental, por eso era feliz mientras investigaba y divagaba sobre un caso pendiente de resolver. Pero el problema venía en las temporadas en las que nadie lo contrataba y no había ningún acertijo por descifrar, entonces es cuando necesitaba alguna sustancia (cocaína por ejemplo) para sobrellevar su existencia.

Y no es que a mí me preocupe que Sherlock Holmes pudiera ser drogadicto, no, que la adicción a las sustancias tóxicas es mucho menos preocupante cuando los que la sufren son personajes de ficción. Lo que me llama la atención es que, de muchos de los grandes personajes literarios, existan dos versiones: la del personaje que creó el escritor y la que nos hemos formado aquellos que, sin haber leído los textos originales, hemos conocido las historias a medias, por películas (que no dejan de dar la versión de un director concreto), por resúmenes, por conversaciones, o, si me apuras, por la wikipedia.

Por eso digo que aumenta mi ignorancia, porque voy siendo consciente de aquello que, por saber a medias, ni siquiera sé. Y eso sí debería ser elemental. Igual que no podemos dar por conocida a una persona hasta que no hablamos o compartimos parte de nuestra vida con ella, no podríamos creer que conocemos a ninguno de los personajes literarios que pueblan nuestras bibliotecas, hasta que no leemos los textos originales.

A mí seguro me quedan innumerables personajes más por conocer de verdad porque, cuanto más leo, más consciente soy de todo lo que me queda por leer, pero a Sherlock ya le voy calando. A ver con qué me sorprende en el siguiente libro.

Mi vida secreta

Esta tarde, después de cumplir con mis responsabilidades como emisaria de monarcas de tierras lejanas, me he regalado un cine (bueno, sólo una entrada para una sesión) y, como no he llegado a tiempo a la peli que quería ver y me temía que o me cobraba el regalo al contado o se me iba a pasar…he entrado a ver otra.

La elegida en segunda ronda ha sido ” La vida secreta de Walter Mitty” que, sin destripar nada, cuenta la historia de un “tímido empleado de una editorial que consigue evadirse de su gris existencia imaginando que es el protagonista de grandes aventuras”. Y a eso es a lo que se refieren como “vida secreta”, a las historias que él se imagina.

En el autobús se me ocurrió pensar en esa mi vida secreta que imagina historias. O imaginaba. Hay épocas en las que parece que ya no me queda ninguna historia por imaginar. Que la vida real me entretiene tanto y a tanta velocidad que no deja resquicio a esa parte “secreta” tan saludable para aquellos que disfrutamos de ella. Porque, además, esa vida secreta necesita ser convenientemente alimentada para que sobreviva, y las historias que han de nacer se alimentan de otras, que hay que leer, escuchar, ver… Pero a veces la vida se me “autoconcentra” y lo que me pasa no deja hueco para pensar en nada más, y entro en esa inercia, y no saco tiempo para leer, ni voy al cine, ni tengo tiempo para conversaciones tranquilas con gente interesante, de esa gente (de todas las edades) que te permite aprender de ella, y de lo que sabe, de lo que cuenta, de lo que inventa, o de lo que sus ojos, sus gestos o su tono de voz sugieren… salen historias. Hace meses que no me salen historias y, cuando por la especialidad de las fechas, he tenido que idear una, me ha costado un montón. Sé que es sólo una consecuencia de la pérdida de práctica pero echo de menos la facilidad para imaginar relatos.

Echo de menos tener historias que contar pero, probablemente, lo que más noto es la carencia de alimento para mi imaginación: lecturas, películas, historias contadas o conversaciones tranquilas con toda esa gente interesante que puebla el mundo (o mi mundo pequeño, al menos). Cuando la vida real se concentra esa vida “privada” tiende a desaparecer.

Tengo hambre de historias por saciar y una vida “privada” que recuperar. Así que habré de volver a alimentarla, al principio de a pocos como a cualquier vida incipiente (algún librito, pelis, conversaciones cortas) y, con el tiempo (espero no mucho), recuperaré la calma y podré permitirme incluso atiborrarla, y disfrutar escuchando durante horas a tanta gente que ya conozco y me debe conversaciones y, más si cabe, a aquella otra que aún apenas conozco y estoy deseando conocer mejor o a alguna otra que estoy por conocer.

Ya tengo tarea para el año nuevo. Bonita tarea.

El rey desnudo (crónica del último Real Madrid-Manchester United)

Mis lectores habituales, esos tan poquitos pero tan fieles, ya conocen de mis incursiones en el mundo del fútbol porque alguna vez ya he contado esas cosas que me pasan con alguno de los miembros de este ambiente mayoritariamente masculino. Pero, lejos de amilanarme, yo insisto en el tema y hoy he decidido escribir la crónica de un partido (y de uno de la Champions League, nada menos). Porque yo el miércoles estuve en el Bernabéu viendo jugar al Real Madrid contra el Manchester United y ninguna de las críticas que he leído coincide con lo que yo percibí en el campo. Así que, como no me ha gustado ninguna de las crónicas escritas en periódicos, y yo puedo escribir aquí lo que a mi me apetezca, y mi público no me suele exigir mucho, pues…he decidido hacérmela yo. Así, a mi gusto y para disfrute propio.

Yo siempre que he ido a un campo de fútbol de primera he estado rodeada de expertos, pero no sé si es casualidad o es que en las puertas del estadio hay unos rayos láser o algo así que, según los atraviesas, convierten a los hombres en expertos y a las chicas… no. Pues uno de mis vecinos expertos al pitarse el final resumió el partido con una única frase: es que el Manchester tiene mucho fútbol pero poco oficio, lo que me hizo pensar a mi que qué c… querría decir eso, pero como él era un experto y yo no, no se lo pregunté, por no darle el placer de explicármelo diciendo cosas seguro mucho más sesudas y, al mismo tiempo, ininteligibles.

Voy a la crónica (no os asustéis que es muy resumida).

Lo que yo vi en el Bernabéu era un equipo de hombres altos vestidos de blanco que manejaban el balón como con chulería, pero con poco acierto, poco ágiles en los pases, con miedo a chutar a portería (se lo pensaban tanto que cuando iban a hacerlo ya estaban rodeados de los rojos), mal coordinados, mal colocados (hubo varias jugadas que me recordaron a los partidos infantiles, los rojillos en su sitio y ellos todos juntos detrás del balón), rígidos en el desarrollo del juego y tensos entre ellos, en ningún momento se les vió disfrutar del juego (y el fútbol lo es).

Luego estaban los rojos. Aparentemente más pequeños de tamaño, más ágiles, más rápidos. Cada vez que un blanco recibía el balón, afloraban al menos tres rojos a su alrededor, como si crecieran en el césped. En general colocados bien repartidos por el campo contrario (como esos gnomos que coloca la gente de adorno en sus jardines) pero rápidos para moverse buscando el balón. Más arriesgados en el lanzamiento pero con poca fortuna en varios de los disparos a puerta. Con un buen portero. Y jugando al fútbol, como si de un juego se tratara. Quizá por eso mi experto vecino dijo aquéllo de que tenían “mucho fútbol”.

El partido terminó en empate. Mi vecino forofo y experto se pasó la mayor parte del segundo tiempo leyendo noticias en twitter y el resto de los acérrimos futboleros de alrededor dieron por terminado el partido mucho antes del pitido final. La mayoría de las tensiones que se desataron fueron por errores del Madrid que indignaban a su público. Y resulta que las crónicas del día siguiente hablan de “espectáculo intenso” y de resultado injusto para el Madrid. Y a mi me resulta curioso. ¿Por qué parece que el partido que se vió en el campo es diferente del que narran muchos cronistas? ¿De verdad estaban allí o lo vieron por televisión?

Cuando les explico a mis hijos que no tiene nada que ver un partido de fútbol visto en televisión con uno vivido en el campo, yo me refiero a la diferencia en el ambiente, al disfrute del fútbol participando de él y no como mero espectador lejano. Pero, lo que no había yo notado, es que esa diferencia pudiera llegar a tanto.

Sé que, incluso entre mis fieles lectores, habrá quien piense ésta qué entenderá de fútbol, y quizá yo misma esté de acuerdo y piense que esa frase que mi vecino experto aplicaba al Manchester también me puede ser aplicable, porque la realidad es que veo mucho fútbol pero reconozco tener poco oficio.

En cualquier caso, parece que ya va habiendo gente experta de verdad que resulta tener una opinión parecida a la mía. ¿Y ésto no será como lo del cuento del traje nuevo del emperador? ¿No resultará que hay demasiados forofos del Madrid hasta en la prensa y en televisión que no son capaces de admitir que su rey, en realidad, está desnudo?

Andá, mi madre…

El otro día, brujuleando por twitter, me encontré con el jaleo (ahora se dice polémica) que se montó con un tuit de Ana Rosa Quintana sobre la educación en Finlandia a raiz del último programa de Salvados. Del tuit de Ana Rosa llegué a uno de Nuria Roca contestando al primero y del tuit de esta a su blog y al post que, sobre el lío montado, publicó al día siguiente. En él comentaba que había recibido insultos varios y entre ellos alguno que le tildaba de “mala madre” y ahí entró en un tema espinoso con el que sus seguidores entraron al trapo muy a favor y muy en contra de si ella era buena o mala madre con argumentos tan poderosos como que estaba forrada, que si tenía tres hijos o no, que no iba a toooodas las actividades del cole, que trabajaba, que tenía tiempo para los niños o no lo tenía… y todo sin conocer a los niños y sin poder saber, en realidad, si está siendo o no realmente una buena madre para ellos.

Para los no iniciados voy a explicar que en el curioso ambiente de las “madres fanáticas” hay dos facciones claras: las que trabajan fuera de casa y las que trabajan dentro de casa. Las fanáticas que decidieron (se supone) trabajar fuera de casa opinan que el no trabajar hace a las otras malas madres porque se centran demasiado en sus hijos y no les permiten desarrollarse como individuos independientes, aparte de que tampoco son mujeres muy recomendables porque su vida es tan simple que no les permite hablar más que de sus hijos, su casa y su marido. Luego están las fanáticas que decidieron (se supone) trabajar cuidando su casa y a sus hijos y que opinan que las madres que trabajan fuera de casa quitan ese tiempo a sus hijos y por ello los niños están abandonados por lo que ellas son malas madres y tampoco serían mujeres muy recomendables porque anteponen su vida laboral a su vida personal.

Y estos dos grupos de fanáticas son los que suelen entrar al trapo descalificando cualquier modelo de maternidad distinto del suyo. Como si el mero hecho de trabajar o no nos convirtiera en madres o mujeres modelo.

Yo, dado que me manejo por los ambientes maternales con esa habitualidad con la que ya me gustaría a mí frecuentar los ambientes en los que se mueven los impares adultos interesantes (donde quiera que eso ocurra),  he podido dedicarme a la observación de madres y, con más interés, en los productos de su responsabilidad que son en los que, al fin y al cabo, se puede comprobar si el trabajo está bien realizado o no.

Y, mi opinión, es que de madres fanáticas salen hijos fanáticos, así que mal asunto.

En cuanto a lo de trabajar o no fuera de casa…

Yo conozco niños desatendidos de madres cuya única obligación diaria son ellos y niños centrados, optimistas, alegres, felices, queridos y atendidos por madres que no pueden más que acostarlos cada día, y a veces ni eso. Es verdad que a mí no me parece verdad para los niños el dicho ese de que más vale poquito tiempo pero de calidad que mucho sin calidad, porque creo que necesitan sentirse queridos, acompañados, atendidos e importantes pero pueden tener a su madre todo el día en casa diciéndoles lo harta que está de ellos o tener una madre que trabaja y a la que casi no ven pero que les deja siempre preparadas las cosas para el día siguiente, les pregunta por sus cosas, les llama por teléfono, les manda e-mails o se desvive porque, mientras ella no esté, sus hijos estén permanentemente cuidados por alguien que les haga sentir bien, protegidos y queridos. Yo, puesta a elegir, firmo lo último sin duda.

En cualquier caso, y como siempre, estamos hablando de una única parte, la misma que siempre recibe críticas haga lo que haga. Porque a veces parece olvidarse que para la creación de esos productos es requisito indispensable la participación de otra persona del sexo contrario, lo que viene a ser un padre. Y jamás se crean polémicas sobre si ellos, trabajen o no, son buenos o malos padres. Porque ellos son muchas cosas y luego, además, padres. Y nosotras parece que no. Nosotras somos madres y, en nuestros ratos libres, otras cosas.

La maternidad es un parentesco, nada más, muy importante, pero un parentesco. A uno jamás le define un parentesco. Yo me llamo Ana. Y soy hija, hermana, cuñada, prima, sobrina, nieta, resobrina, tía y, lo mismo, algún día, soy suegra. Y a nadie se le ocurrirá definirme como Ana, la suegra. En cambio, si estoy en el patio del cole, si asisto a reuniones, si me llaman al trabajo y tengo que interrumpir una reunión, si me da la gana poner una foto suya en la mesa de mi oficina… yo… soy una madre. Una madre trabajadora. De mis compañeros padres jamás he oído decir que sean un padre trabajador.

Seguimos haciendo diferencias grandes y, a veces, nosotras mismas.

Yo no entro en el club de las madres fanáticas, de ninguna de las dos facciones y yo misma he dudado a veces de ser buena madre a pesar de tener unos hijos normales, el menor de los cuales parece pensar que las reuniones escolares son para mi una actividad principal, y que si yo leo, escribo, corro, nado, voy al cine, al teatro, paseo, voy de compras, salgo a cenar o de copas o me tomo un café con algún amigo es simplemente porque ese día no hay reunión en su cole. Pero mis dudas son personales, íntimas, por los problemas que se presentan y por la capacidad de resolverlos con acierto. Lo que no soporto es que alguien se permita juzgar si soy o no soy una madre buena para mis hijos por trabajar o no, por tener una vida ajena a ellos o por mi estado civil, que esa es otra. E, igual que no me parece tolerable para mi, no me lo parece para las demás, por muy famosas que sean.

A veces, nosotras mismas perpetuamos los tópicos. Y, aunque parezca imposible, yo estoy incluso convencida de que se puede ser buena madre sin parecerlo (halaaaaa) y, lo que es más raro, creo que también se puede ser buena madre estando en contra de la educación finlandesa (andá, mi madre).